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11/3/12

Siria, un homenaje

 Identificador de una calle en Damasco.

 En una calle del barrio cristiano de Damasco hay una tienda regentada por un caballero que habla un perfecto francés. Este señor, del que no recuerdo el nombre, pero sí su rostro amable, me enseñó los objetos que vendía, cuadros, espejos, muebles, todo en taracea, todo en maderas nobles y bellísimamente engarzadas. Mientras tanto, me hablaba del orgullo que sentía por su país, del que elogiaba sobre todo el amor por la cultura y el respeto por los otros. Aquella tienda parecía un refugio, un rincón al que acogerse por la paz que se desprendía de las paredes y de los enseres allí acumulados. Vi un espejo que se convirtió en mío en ese mismo momento, no muy grande, con las incrustaciones formando bonitos dibujos geométricos y con fragmentos de nácar acá y allá. Lo visualicé en un lugar de mi casa, como si hubiera existido para instalarse allí, como si lo hubieran creado para acompañarme desde entonces. Cada mañana me miro en él por última vez antes de salir, es como un ritual que no tiene más pretensión que hacerme revivir lo que sentí en Siria. Aquel caballero, tan educado y sereno, amaba su país. Me pregunto qué sentirá ahora, al ver cómo lo destrozan, cómo matan, cómo destruyen el valor incalculable de las vidas y de la historia.

Mezquita Omeya en Damasco.

Mezquita Omeya en Damasco.

Ya escribí en otra ocasión sobre Siria. Entonces relataba la experiencia de un viaje que fue casi iniciático para mí, de descubrimientos y de renacimiento, por las circunstancias que lo rodeaban. En este momento tengo la impresión, o el sentimiento, de que debo atrapar cada instante de aquellas experiencias, por si no hay más ocasión de volver, por si los asesinos que gobiernan acaban con tantos siglos de historia.

 Crack de los Caballeros


  Crack de los Caballeros

He estado dos veces en Siria, la segunda por poco tiempo al volver de Jordania. En esa ocasión coincidió la estancia en Damasco con la celebración de la semana santa. El barrio cristiano estaba lleno de gente, más o menos devota, más o menos curiosa. En un país de mayoría abrumadora musulmana resultaba cálido y entrañable el caminar por las calles impregnadas de olor a incienso y al ritmo de los tambores. Sentí como si fuera un objeto sólido el significado de la tolerancia. Nadie se encontraba fuera de lugar. Mujeres y hombres musulmanes se recogían en silencio, acompañando las emociones de los otros creyentes. Extranjeros de paso, como yo misma, observábamos las escenas, sintiéndonos parte de unos momentos irrepetibles. Caminábamos sin prisa de una calle a otra, de un templo a otro, sin devoción, pero con respeto, compartiendo, viviendo aquello.
En Siria, en la ciudad de Ugarit, surgió el que se considera primer alfabeto de la historia y cuya trascendencia, por si fuera poco, remite a la posibilidad de abrir el campo del conocimiento, del comercio, de las relaciones políticas y los registros. Este alfabeto sustituyó el limitado cuneiforme y el complejo jeroglífico y dio pie al desarrollo de la cultura y a su extensión. ¿Acaso sus actuales gobernantes, esos asesinos, sabrán valorar sus orígenes y su herencia?

 Ugarit, puerta de entrada al recinto histórico.

Ugarit, complejo arqueológico.

Uno de los lugares que más me sorprendió, por lo inesperado, y me emocionó, por la eventualidad, fue Apamea. La fundó el primer rey seléucida y llegó a ser un importante centro de filosofía. Llegué con las primeras luces de la tarde y poco a poco cayó la noche mientras caminaba por su cardo máximo. Las dimensiones de los restos arqueológicos eran el testimonio de la gran ciudad que debió ser. La belleza de las columnas y la amplitud de las calles no dejaban lugar a dudas. Caminando entre aquellas piedras antiguas, el sol iba decayendo y el frío se apoderaba de mi cuerpo, aunque no de mi mente, que seguía cálidamente impregnada de la belleza del lugar. Yo apenas podía creer que existiera y que me acogiera sin prisa por verme marchar. La luz se apagaba lentamente, yo me resistía a abandonar la antigua ciudad, tal era el impacto que Apamea estaba dejando en mí. Cuando ya casi tenía que adivinar las siluetas de los edificios, se escuchó la llamada a la oración que lanzaba el muecín desde el pueblo cercano. Y de pronto, en medio de la arquitectura que legaron los seléucidas, ocurrió el milagro de la simbiosis que sólo puede existir cuando de cultura se trata: parada entre las columnas, admirada de la perfección de sus formas, viví el instante en que se mezcló la voz del musulmán con la herencia helenística. Desearía tener el don de la palabra para poder describir aquellas sensaciones, pero soy impotente. Me queda, al menos, el consuelo de poderlo apreciar, de haber sabido conservarlo intacto en la memoria, de tenerlo conmigo para siempre.

 Apamea.


 Apamea.

 Apamea.

 Apamea.
 
Apamea.


Siria ofrece muchos y muy hermosos alicientes: la ciudad de Hama, con sus norias de madera junto al río; la impresionante basílica de san Simeón el estilita; los recintos de Russafa o Dura Europos, testimonios de un pasado glorioso; la preciosa Alepo; el encanto sin límites de Damasco... Pero si me obligaran a elegir, sin duda me quedaría con Palmira, la ciudad nabatea de la reina Zenobia. En Palmira parece que todo sea posible. Y lo fue. Por la noche el templo de Bel se ilumina y se convierte en el foco de atracción de todas las miradas. Durante el día deambular por entre sus columnas incita a todo tipo de ensueños. Si tenéis la suerte, como yo tuve, de estar en Palmira durante la luna llena, entonces ya no hay posibilidad de escapar a su magia.


Santuario del templo de Bel.


Luna llena en Palmira.


Palmira está en mitad del desierto. A su alrededor todo es del color de la arena y, cuando cae la tarde, parece de oro el resplandor que se apodera de las piedras. Fue una ciudad importante en la ruta de la seda y de su poderío dan cuenta los templos, el ágora, el teatro y las elegantes columnas, arcos y decoración. Hacía frío, mucho, cuando estuve allí, pero no quise perderme el placer de amanecer entre sus rincones. La luna persistía aún, reacia a dejarme, y tiznaba el entorno con tonos de plata, en pugna con el sol que empezaba a asomar. Las imágenes eran oníricas. Las sensaciones, intensas. La noche anterior yo anduve, perdida y reencontrada, por entre las hileras de pilastras, y me recosté contra el Tetrapylon, me estremecí de pavor por la belleza que me rodeaba. Y me hice mía otra vez.


Amanecer en Palmira.


 Àgora.


Teatro


Recordar aquel viaje me hace mucho bien. Pero no puedo por menos de pensar qué será de ese hermoso país. Ahora está en manos de sanguinarios dictadores, de obsesos de la represión. Sus gentes, tan cálidas y acogedoras, tan hospitalarias y amables, están siendo masacradas por quienes tienen el deber de protegerlas. A nadie le importa Siria. A todos les tiene sin cuidado un lugar tan cargado de historia, de cultura y de belleza, pero es que estos conceptos no enriquecen los bolsillos, sólo las mentes. Y eso ya no es un valor en estos tiempos.
Cuando se pueda volver, yo volveré. Caminaré de nuevo por sus calles y su vida, recuperaré las experiencias de hace años y lloraré por las víctimas de los bárbaros, allí, con ellos, entre las personas que me hicieron feliz.



9/2/12

India: la vida a la vista-7. Varanasi.

 Benarés, camino de los ghats.

Ciudad sagrada, antigua Kashi, el lugar al que todo hinduísta quiere ir a morir para evitar el ciclo de reencarnaciones. Varanasi, a orillas de la madre Ganga, el río purificador, el mayor pozo de contaminación en el que, no obstante, se sumergen, del que beben y al que adoran. Varanasi, tres millones de habitantes que parecen apiñarse todos en los márgenes del Ganges, 84 ghats, múltiples crematorios a la vista de los curiosos e ingentes cantidades de leprosos, tullidos y moribundos. Varanasi, fundada por Shiva, dicen, hace más de 3.000 años, donde el más sacro de los ríos purifica y libera, arrastra los pecados y limpia el alma. Varanasi, cuerpos envueltos en telas doradas a punto de ser consumidos por el fuego, cuerpos a medio calcinar lanzados al agua, arrastrados por la corriente hasta parar en la orilla, junto a las barcas, al alcance de los aghori.

 Amanecer en el ghat Dasaswahmed.

Calles tan atestadas de gente, vehículos, vacas y basura que, pasado un tiempo no muy largo, sientes que la realidad se transforma y se desvanece por los poros de la locura. O tal vez sea yo la que me transformo, hasta el punto de sentirme parte de todo aquello. Caminando entre el desvarío de sus calles, Varanasi me regala la posibilidad de dejar de ser yo misma, mientras me subo al rickshaw que arrastra pedaleando un pobre hombre, o me sumerjo en las ceremonias de adoración al río y al sol y a todo cuanto acerque el sentido a la divinidad, a la eternidad, al descanso.

En las calles de Varanasi.

La ciudad surge entre la bruma. El río, la madre Ganga, creado por Brahma del sudor del dios Visnu, baja rápido y muy crecido. El monzón ha inundado parte de la ciudad y las escaleras de los ghats están medio sumergidas en el agua densa y gris. Las cremaciones se han trasladado a un lugar más alto, pero las imágenes y los olores siguen siendo los mismos. También lo es la indiferencia aparente o fingida de los encargados de apilar madera, depositar los cadáveres y limpiar de restos al final del proceso. Cuerpos sin quemar del todo son codiciados por los perros callejeros que, hambrientos, se acercan con la esperanza de llevarse bocado y que son apaleados sin miramientos por los mismos que lanzarán esos despojos al agua sacra.

El Ganges inundando los ghats.

Cada amanecer los fieles acuden a orillas del río y descienden los escalones para introducirse en el agua, realizar sus abluciones rituales y ofrendar a la madre Ganga sus plegarias, peticiones o lamentos. Se bañan, toman sorbos para que la salvación alcance cada rincón de su cuerpo. Cada atardecer las ofrendas son en forma de pequeños barquitos hechos con hojas trenzadas en cuyo interior bailan flores y velas que, encendidas, iluminarán fugazmente las aguas oscuras a medida que se pierden en la noche. Yo también he lanzado a navegar mi embarcación tan frágil, cargada de fantasmas, rogando al Ganges que se los lleve lejos. Escúchame, madre Ganga, escucha a esta descreída que, en silencio frente a los devotos que se sumergen en ti, también se atreve a rogar, a esperar.

Ofrenda al amanecer.

La más sagrada de las ciudades del hinduísmo es una realidad paralela, una dimensión que atrapa y abduce y no permite pensar. Sólo las sensaciones tienen cabida, porque si dedicas un instante a la reflexión, puede que no te recuperes del resultado. Si los pensamientos se adueñan de la mente, estás perdida: ya no puedes escapar de las preguntas sobre los dolientes y los suplicantes; de las dudas de por qué tú y no ellos o viceversa. Si intentas racionalizar, te apresan los callejones laberínticos en los que puedes perder la paciencia para siempre, mientras disputas el espacio a las vacas o a la porquería.

Una calle, camino a los crematorios.

A medida que caminas por Varanasi las imágenes se complican y te esfuerzas cada vez más por no pensar: ya sabes, si lo haces, Ana, estás perdida. Porque si piensas, aparecen los niños hambrientos, pilluelos andrajosos. Una pequeña, de edad indefinida, aunque no mayor de 3 años, al brazo de su madre, dormida o agotada, se muestra con una espalda en carne y hueso, hollada por alguna enfermedad innombrable. El ciego, o los ciegos, pues tantos hay, de cuencas vacías o globos blancos tantean el aire y exhiben una escudilla de metal abollado a la que esperan caiga algo que les llene el estómago o la jornada. No pienses, que te pierdes. Porque si piensas, aparecen las voces suplicantes de los vendedores callejeros, del leproso sin piernas arrastrado por un mendicante, de las mujeres que te persiguen llevándose las manos a la boca en señal de hambre.

Mi transporte, un símbolo.

Pensar en Varanasi es condenarse. Si piensas, aparecen tantos templos y tantos devotos sumisos y postrados que de nuevo brota sin freno la rabia por el daño que hacen las religiones. Si piensas, dotas de nombre y de forma al sistema de castas, a los millones de dioses del panteón hindú, a las luchas interminables entre hinduístas y musulmanes. Y en medio de todo ello, el ruido, el humo, de los vehículos, de las piras funerarias. En medio de todo, la vaca que come las basuras del suelo, el cartón y el papel podrido. En medio y por todas partes los monos ladrones y agresivos, los perros que se pelean por un pedazo del cadáver sin quemar. En medio, en el centro de una hoguera casi consumida, la cabeza, el hombro y una parte del brazo de algo que una vez fue humano y que ahora podría aparecer como artista invitado en cualquiera de nuestras pesadillas.

Esperando entrar en el templo.

 El caos es Varanasi o viceversa. Las calles de la parte más antigua, estrechas y laberínticas, conducen a todos los lugares y a ninguno. Las avenidas más amplias se llenan con tal densidad que parece imposible aprovechar un solo centímetro más. Pero se aprovecha. En espacios inverosímiles se apelotonan todo tipo de elementos, sean humanos, animales o mecánicos. Y el ruido, omnipresente y desquiciante, cacofonía de sonidos por doquier, sin más orden que la preeminencia ni más concierto que la intensidad.
Moverse por las calles que conducen a los ghats es una aventura con su pizca de riesgo, tanto más peligrosa cuanto menos paciencia tengas. Dejarse llevar por la confusión instaura un tempo marcado por la batuta de la dispersión. Al igual que se camina sorteando elementos móviles, hay que tener cuidado con no pisar, aséptica occidental como soy, fluidos y sólidos variados. Además de la continua pugna por desembarazarse de vendedores, cazadores de compradores, buscavidas, guías improvisados, niños y peticionarios no oficiales de múltiple condición. Quien pretende organizar el camino de acuerdo a criterios racionales cae de lleno en la desesperación, el abandono o el esperpento. No hay otra que dejarse llevar. Y entonces... Entonces vuelve la magia. Me reconozco con sonrisa idiota en medio del barullo y la locura. A ambos lados de cada calle, tiendas y brillos y luces y miles de objetos conocidos o misteriosos, pendientes de calificar. Compradores y vendedores ejecutando la danza mística del intercambio, con sus regateos y fingidos enfados que se subsanan con un poco de ni pa ti ni pa mí, el toma y daca de los negocios, el quid pro quo de la calle. Líos y voces y bocinas y los sentimientos a flor de piel, en riña amable con las emociones en escabeche que se escurren desde el cerebro hasta el corazón y acaban en la cazuela del quiero volver.

Una calle.

Volver a caminar por estas calles imposibles, volver a irritarme con las bocinas insoportables. Quiero volver a ahogarme en la polución y en el humo de los muertos, porque ello significa compartir un tiempo y un espacio tan exclusivamente mío que ni expresarlo puedo. Quiero volver a ver cómo da vueltas el fuego ritual frente al Ganges eterno, en las manos fuertes y morenas del brahman que me fascina. Volver a ver el color parduzco del contaminado sendero a la salvación y mirar con ojos de pasión y compasión esos cuerpos que se inclinan y se sumergen en las aguas infestadas de microbios y felicidad. Volver parece ser la palabra mágica, la que abre el cofre del tesoro.
Varanasi es la esencia de India, de esa India que te vuelve loco para bien o para mal. Esencia y trasfondo de la India que te transformará si la vives y la sientes, aun sabiendo que la sobrevives porque estás de paso. Si cada viaje se queda con algo de mí, India juega conmigo el juego peligroso de dar y recibir. Recoge parte de mis miedos, se queda con algunos de mis fantasmas y se regocija con mis ansias de comprender. A cambio me da todo lo demás: la abundancia de emociones, la orgía de sensaciones, el placer del reencuentro, la salud de la memoria y la purificación del cuerpo por el sudor.
Varanasi es India en estado puro. Como los creyentes, yo también necesito encontrar mi Ganges y mi lugar, ése en el que sentir que toda la rueda de la fortuna se para en el punto adecuado y me ofrece el universo. Sidharta se encontró a sí mismo junto a un río. Sea éste real o figurado, yo también me encontraré junto a su orilla. Varanasi me inspira y su caos me ha hecho sonreír. Es un buen comienzo.


4/2/12

India: la vida a la vista-6. Jaipur y Agra.

Sagitario. Jantar Mantar, Jaipur.

Jaipur, la ciudad rosa del Rajastán indio, mantiene huellas cargadas de pasado colonial. La parte antigua está repleta de casas señoriales con adornos en blanco y templetes con celosías en lo alto. Las calles porticadas exhiben una gran cantidad de comercios de todo tipo donde comprar a precios razonables cualquier objeto de uso cotidiano o capricho de disfrute efímero. En algunos rincones, bajo los soportales, escribanos a disposición de los transeúntes se colocan con suficiencia las gafas y se disponen a atender las demandas de cartas, documentos oficiales, lecturas y escrituras, mientras muestran unos gestos de superioridad largamente utilizados.

 Escribano en Jaipur

Pero Jaipur también es un resumen de todo cuanto es la India: una extraña mezcla de mierda y belleza. Los pobres se instalan en los alrededores del palacio y de los monumentos más destacados de la ciudad. Acampan al aire libre o bajo los pórticos, llenando de basuras el entorno histórico y la belleza de los edificios antiguos. Los urinarios públicos, sin agua corriente, impregnan el aire no solo de olores, sino de miasmas pestíferas que parecen contribuir a la enfermedad del país: una desigualdad tan brutal, un desequilibrio patológico, una injusticia terriblemente angustiosa.


Una calle en Jaipur

La belleza aparece incluso contra la propia voluntad de tanta miseria. Frente al Jantar Mantar, un extraordinario observatorio astronómico, se acumulan desechos de todo tipo. Dentro, las impresionantes piezas y la arquitectura de la precisión; a sus puertas, suciedad, desperdicios, la contradicción de la India hecha evidencia.

Coordenadas de los planetas, Jantar Mantar.

Podría parecer, leyendo estas palabras, que mi visión de la India es negativa y que me sobrecoge el acúmulo de inmundicias. O bien, que la cochambre se sobrepone, por su intensidad, a todo lo demás. En realidad, lo que siento por la India está muy lejos del desprecio. Adoro ese país y me emociona caminar por sus calles y entre sus gentes. Por ese mismo afecto, quisiera poder barrer todo cuanto ensucia su esplendor de miles de años ofreciéndose como referente cultural, espiritual y artístico. Sin embargo, no dejo de pensar que tal vez sea la misma contradicción, o como decía antes, esa extraña mezcla de mierda y belleza, la que imprime el carácter propio, la manera exclusiva de ser India como es.
Y la lluvia. Durante días el monzón se adueña del espacio. Brutales golpes de agua de los que hay que refugiarse, so pena de no volver a sentirse cálidamente en paz. Los colores de las casas, ya sean azules, ocres o rojos, se potencian por la lluvia. Es una tregua para los sentidos que se ven agotados por tanto como hay para sentir. Jaipur, como toda India, es esa paradójica amalgama de podredumbre y magnificencia que se queda pegada a un rincón de la conciencia, de donde ya no hay forma de desprenderla.

Palacio de los vientos, Jaipur.

Agra es un puro disparate, un absurdo anclado junto al río Yamuna, una discordancia estética. La ciudad que alberga el monumento más visitado del mundo, el Taj Mahal, es un lugar feo, caótico, decadente y enormemente contaminado. Las basuras se amontonan en cantidades incontables, el tráfico es más denso y loco, si cabe, que en Delhi; la picaresca y la pesadez de los vendedores ambulantes llega a convertirse en tortura.
Pero desde la altura de los imponentes muros del Fuerte Rojo se divisa a una distancia asequible para la impaciencia ese tributo vinculado con dos palabras: lágrimas y amor. El Taj Mahal llama desde lejos, causa desasosiego y justifica un viaje. Antes de amanecer frente a su silueta esbelta y majestuosa, caminaré por los rincones del Itimad-Ud-Daulah, conocido como "baby Taj". Se trata de un mausoleo de menor importancia, pero de gran belleza y por el que se puede deambular sin sentirse avasallado por hordas de visitantes. Por la tarde, el sol cae sobre el río y proyecta una luz intensa sobre el mármol labrado. Los suelos pasan del rojo rodeno al blanco purísimo, interrumpido en ocasiones por retazos incrustados de color de las flores en piedra.

 Mausoleo Itimad-Ud-Daulah, Agra.

La historia es de sobra conocida: el Taj Mahal fue construido por amor a una mujer y de él se han dicho tantas cosas como huellas pueden haber pisado sus piedras. La historia, pues, queda en suspenso hasta nuevo interés. Lo que permanece es el esfuerzo por intentar plasmar en palabras el delirio de belleza en mármol que se levanta ante la vista y parece crecer como si llevara alas. 
Taj Mahal, Agra.

A pesar de las imágenes tantas veces repetidas, fotografías y filmaciones, la experiencia de abrir los ojos al cruzar el umbral encontrarlo de frente no deja a nadie indiferente. Una de las cosas que más llama la atención es la perfección de sus proporciones, el equilibrio maravilloso de las columnas flanqueando el edificio central, coronado por una cúpula. El estilo de construcción es el llamado mongol, con influencias islámica, persa e india. Sin embargo, detallar los pormenores de su construcción, la historia, arquitectura y estructura formal no acallan el hecho de que la piel se electriza y los ojos se empañan al enfrentar su figura, no importa cuantas veces haya ocurrido el encuentro. Ni siquiera la cantidad de visitantes, más o menos educados, es capaz de tapar su eternidad y su sentido.

 Vista del Taj Mahal.

La piedra blanca está decorada con otras piedras muy pequeñas de colores dispuestas en forma de flores. Hay también versículos del Corán grabados y filigranas representando la flor de loto. El entorno es de jardines y agua. En realidad el mausoleo es todo un conjunto en el que se incluyen mezquitas laterales edificadas en piedra roja que contrasta con la blancura del mármol.
El Taj Mahal es un sueño, una quimera y una aspiración. No está hecho sólo de belleza, sino también de ideas, sentimientos y emociones. Se construyó con dolor y por amor. Se visita como una peregrinación. Sobrecoge y alienta. Estimula, excita y apacigua, deslizándose por la memoria de la misma manera que los más dulces recuerdos. Deja también, no obstante, un regusto a añoranza que nos impide olvidar que hemos caminado descalzos bajo su sombra. Palabras impotentes, pobres palabras. No se deja describir con facilidad, hay que arrancarle la belleza como si persiguiéramos el secreto de su eternidad. Permanecerá como una evocación permanente y se trasladará conmigo, allá donde yo vaya, durante el resto de mis días.

Taj Mahal visto desde el Fuerte Rojo, Agra.


9/10/11

India: la vida a la vista-5. Hinduismo-2.

Oración frente al Ganges, Rishikesh.

De todas las religiones, el hinduismo es la más sorprendente y estimulante, pese a las íntimas contradicciones que la soportan y la inexorable permanencia de la injusticia a ojos occidentales. Solo una religión como ésta es capaz de sostener el sistema de castas, la constancia de la sumisión y, por otra parte, la insuperable amabilidad pacífica, hospitalaria, carente de preguntas.
En Udaipur llueve constantemente. El cielo se muestra hostil, oscuro, denso y transmite melancolía. Las calles empinadas y enfangadas, plagadas de suciedad, no invitan al paseo, pero la finalidad del mismo es un privilegio que no debo dejar pasar. El templo dedicado a Visnu es un mundo en sí mismo. Está a rebosar de vida y de color y acoge a los forasteros sin manifestaciones evidentes: simplemente, me dejan estar. Yo no interfiero, no se me ocurriría, solo observo y me dejo llevar por los olores, la piedra tallada, las filigranas en mármol que me rodean acogedoras. Poco a poco, la gente llega y llena cualquier espacio disponible. En el sancta sanctorum la imagen del dios objeto de devoción se decora con lo que parecen miles de colores, brillos, adornos excesivos. El conjunto es estridente a nuestros ojos, pero allí simplemente queda bien. El humo de las velas encendidas aporta calidez y un punto de aturdimiento. Hay cánticos animados y gritos de adoración, seguidos de voces aclamadoras. Un hombre santo, vestido en rosa impúdico, mece un balancín donde se ha depositado la figura sagrada del dios, ante el que se inclinan los fieles y sobre el que se desgranan ofrendas en forma de flores. El balancín, cuna de una divinidad adorada por su cualidad de preservador, está decorado al estilo hindú con profusión de brillos y excesos cromáticos. Los candelabros de bronce se rellenan con la grasa que se quemará al final del culto y cuyo humo recogerán con ansia los creyentes que aspiran a verse purificados por el fuego sagrado.

 

La ceremonia se celebra al atardecer. Los fieles van acudiendo, las mujeres en atuendo multicolor, los hombres comedidos y neutros en sus avíos. La calidez del entorno no me abandona. Los cánticos crecen en intensidad y un anciano, que se mueve con gracia infinita, parece ser quien guíe el ritmo de los devotos, animados con la percusión de tambores y platillos diminutos. Frente a la cuna del dios, una vez finalizada la ceremonia propiamente dicha, mujeres y hombres toman posesión del suelo sobre el que se sientan, ocupando las dos mitades del espacio como si una línea invisible trazara la disposición y les mantuviera distantes y separados, aunque nada les impide tocarse, por lo próximo, si así lo desean. Una mujer, vestida de amarillo, se lanza a bailar con entusiasmo religioso y una pizca de sensualidad natural en cada movimiento de su cuerpo todo. El ambiente estaba impregnado de tal intensidad, de una emotividad tal, que no me atrevía a moverme, por miedo a romper el hechizo maravilloso, el privilegio que se me concedía.



Entre las prácticas más propias y atrayentes del culto hinduista se encuentran los rituales del fuego y del agua, puesto que ambos elementos esenciales se consideran purificadores. La expiación por el fuego incluye un proceso que terminará cuando los devotos se impregnen del humo que surge de los candelabros cargados con grasa y encendidos con mechas de lana. Al amanecer y al atardecer, frente al Ganges a lo largo de toda su extensión, miles de fieles se inclinan ante el fuego sagrado. Los brahmanes ejecutan una danza ritual, haciendo girar en círculos amplios los candeleros cuyas llamas van creciendo, alimentadas por el movimiento. Pronto el aire se llena de un humo de acre olor, denso y penetrante, que emana y se reparte alrededor de todos los presentes, incluyendo a las incrédulas, aunque respetuosas, como yo misma.

Candelabro para el ritual del fuego.

 Esperando la purificación, Rishikesh.

 Expiación por el fuego al anochecer, Rishikesh.

 Momento del ritual, Varanasi.

Cuando el ritual ha finalizado, los brahmanes pasean entre la gente acercándoles el fuego que les ha de purgar. Los fieles acogen el humo oscuro entre sus manos abiertas y después hacen el gesto de limpiarse el rostro, en la esperanza de ver así extirpados una culpa, un error o una maldad. Y yo, que he permanecido en silencio todo el tiempo, me quedo sin palabras, contemplando con ojos asombrados el eterno poder de la creencia, el fervor que acompaña a los dolientes y a los resignados. Yo, que voy con ánimo de aprender y vuelvo con el corazón lleno de preguntas.

 Ofrendas.

La purificación por el agua se enlaza con el culto al Ganges, la madre Ganga, el río sagrado y la fuente de la vida espiritual para los hinduistas. La mitología hindú presenta al Ganges en forma femenina, como madre o diosa, originado por Brahma a partir del sudor de Visnu. A su paso por Varanasi el río presenta niveles crecientes y mortales de contaminación, hasta el punto de que en sus aguas solo viven dos especies animales. Sin embargo, esas aguas son para los hinduistas la fuente de esperanza, de liberación y limpieza del alma. Creen que cada vez que se sumergen expían uno de los pecados; lanzar las cenizas de la cremación o el cadáver entero en el caso de los considerados puros libera del ciclo de las reencarnaciones. Es por eso que a lo largo del curso del río hay numerosos lugares sagrados donde es muy frecuente observar rituales vinculados al santo curso del Ganges, siendo especialmente notorios en las ciudades de Haridwar y de Varanasi.

Baño purificador en el Ganges a su paso por Haridwar.

Peregrinas frente al río, Haridwar.
 
Baño al amanecer en Varanasi.

Preparación de ofrendas, Varanasi.

Para nosotros, sabedores de los peligros de las aguas contaminadas, no deja de ser sorprendente la fuerte convicción de los hinduistas que se lanzan con entusiasmo al Ganges. No solo se bañan el cuerpo entero, sino que lavan sus ropas, sus útiles de comida, sus dientes y beben sorbos para que la expiación alcance los más íntimos niveles de su vida. No sé cuál es el porcentaje de enfermedades derivadas de tal práctica ni cómo ha debido ser la adaptación fisiológica de estos creyentes. El extremo se manifiesta en las figuras de los aghori, devotos de Shiva, que no consideran nada impuro que provenga del Ganges, por lo que acostumbran a comer la carne de los cadáveres que devuelve el río, sea cual sea su grado de descomposición. He visto a algunos de estos santones, deambulan por las calles desnudos e impregnados de cenizas de las cremaciones. No se cortan el cabello que les crece en desordenada cascada por el cuerpo. Afortunadamente, no les he visto en situación de mostrar su necro-canibalismo

Brahmanes en las callejuelas próximas a los crematorios, Varanasi.

Ha surgido en varias ocasiones la idea de la cremación. En el hinduismo se prescribe expresamente la cremación, ya que el cuerpo se considera solamente el receptáculo del alma mientras vive la persona, pero una vez muerta debe ser liberada para que fluya el ciclo de las reencarnaciones. En algunas ciudades tanto de India como de Nepal he presenciado cremaciones. El rito es interesante y no resulta especialmente desagradable, siempre y cuando se aisle la observación del hecho de otros componentes emocionales. Los cuerpos de los fallecidos se lavan con agua del Ganges y se perfuman y decoran antes de envolverlos en telas de colores brillantes. Suelen incluirles en lo que podemos llamar sudario unos pedazos de madera de sándalo. En teoría, la incineración con madera de sándalo sería la forma perfecta de conducir el alma hasta su posterior camino, pero es tan cara  y escasa que apenas se puede permitir una pira de esta calidad. Los crematorios se situan frente al río para que las cenizas puedan ser lanzadas a él inmediatamente después de la consunción del cuerpo. En algunas ocasiones he podido ver cuerpos que no se han quemado del todo y que también van a parar a la madre Ganga, quedando a veces anclados en la orilla y a merced de perros que merodean esperando obtener algún bocado. También he visto cuerpos enteros, ya que los considerados puros o santos no necesitan la incineración, al considerar que toda una vida dedicada al ascetismo es suficiente purificación.
Los hijos primogénitos, en señal de duelo, son rapados a pie mismo de la pira, mientras el cadáver espera su turno para ser pasto del fuego. El calor que desprenden las hogueras es impresionante. Los hombres que trabajan aquí aparentan un poco de hastío, mientras que algunas personas que pretenden visitar la zona se arrepienten al poco de llegar y marchan apresuradamente. A mí me interesa y no me causa trastorno alguno la visión de los cuerpos enteros o quemados. Me impresiona mucho más la indiferencia de los trabajadores, generalmente pertenecientes a la casta más baja o incluso a los intocables. Parecen ser ajenos a todo el proceso por el que ellos mismos habrán de pasar. Lejos de la asepsia que predomina en nuestra cultura, donde los muertos son apartados de los vivos, en el hinduismo se acompaña y se toca cada finado, participando en directo de su tránsito.

Puesto de venta de objetos para el ritual funerario, Varanasi.
 Primogénito en manifestación de duelo.
A la izquierda, envuelto en tela dorada, el cadáver.
Madera para las cremaciones, Varanasi.

En el hinduismo hay dos símbolos muy utilizados, aunque no siempre bien conocidos: la sílaba OM y la esvástika. OM representa el sonido primordial y el universo entero, la fusión de lo físico y lo espiritual, la trimurti sagrada. Es un mantra que permite liberar a la mente de pensamientos no necesarios que la alejan de la meditación. La esvástika es una figura en forma de cruz con los brazos doblados en ángulo que se utiliza como manifestación de auspicios favorales, de bien y buena suerte, del movimiento del universo y como representación del sol. Sin duda, nada más lejos de las intenciones de quienes la utilizaron para aterrorizar a todo un continente en la primera mitad del siglo XX. En toda India es muy frecuente encontrar imágenes de OM y de esvástikas, pintadas o esculpidas.

Símbolo OM pintado en la pared de un templo, Varanasi.

 Baño en el Ganges a su paso por Haridwar.

La experiencia de vivir el hinduismo en India es un privilegio. Mis palabras no alcanzan a transmitir ni la fascinación que me genera ni la intensidad de las vivencias de las calles y caminos, de los pueblos y los templos. Volver a India es un paso recurrente en mis intentos por comprender la sutil  y apasionante vida que allí se desarrolla. La religión hindú es, sin duda alguna, contradictoria y opresora, pero compensa con la posibilidad de convivir en paz. No sé si es suficiente. Solo puedo alcanzar a tener una referencia de otra forma de estar en el mundo y, como siempre, ser testigo ocasional para regalarme un tiempo propio, un tiempo libre. Un tiempo.