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11/2/11

Ruta de la seda-1- Monasterio de Labrang

Mapa de la ruta de la seda

La ruta de la seda es una expresión que nos hace pensar en viajes míticos, en caminos aptos casi exclusivamente para animales de carga que transportaban los productos codiciados en occidente; es un transitar por pueblos orgullosos, celosos guardianes de sus tradiciones; un camino duro por la altitud que se alcanza en ciertos tramos y por la hostilidad del paisaje, desierto y yermo en gran parte. Durante siglos el comercio entre oriente y occidente se articuló a través de miles de kilómetros que los comerciantes  o sus enviados recorrían para conseguir las preciadas mercancías: seda, principalmente, aunque también oro, piedras preciosas, marfil, especias...
Una de las zonas que recorre la ruta atraviesa la provincia china de Gansú. En ella se encuentra uno de los principales monasterios budistas del mundo, Labrang, en el municipio de Xiahe. Labrang es un monasterio de Geluk o budismo tibetano, cuya característica más evidente es el gorro amarillo de sus monjes. 

 
Monjes Geluk a la salida de la oración

La población donde se situa el monasterio es Xiahe, un pueblo de mayoría tibetana a 3.000 metros de altitud, lo cual se hace notar especialmente en la respiración y en el aire frío. A pesar de la mayoría étnica de los tibetanos, más del 70% de los habitantes, en Xiahe se mezclan también grupos han, la etnia predominante en China, y un notable grupo de musulmanes hui. Como suele ser habitual, cada comunidad se establece en sectores diferentes de la ciudad, mantiene sus formas propias de hábitos y prácticas sociales y guarda un cortés equilibrio de convivencia con los otros.


 Vista del conjunto del monasterio de Labrang

Xiahe es un lugar marcado por la presencia del monasterio, uno de los más importantes del budismo tibetano o lamaísta. En la actualidad hay aproximadamente 500 monjes de diversas edades, aunque en décadas anteriores llegó a contar con casi 3.000 religiosos. En los alrededores de la población se encuentra la colina donde se despliega el "tangka" o bandera budista cuyas ilustraciones, profusamente coloreadas, representan escenas de la vida del buda y sirven de ejemplo y enseñanza para los fieles. El tangka es un tapiz de gran tamaño que se transporta enrollado y que se dejará caer por la ladera de la colina durante la celebración del año nuevo tibetano. Aunque no coincidí con dicha celebración, tuve la oportunidad (y la suerte) de asistir al despliegue de un tangka menor con ocasión de una fiesta local: la reunión de las distintas etnias tibetanas de las montañas próximas a Xiahe.

 Despliegue del tangka

La vida en esta pequeña ciudad china gira en torno a la espiritualidad que emana del monasterio. Es frecuente ver decenas de peregrinos que llegarán, algunos de ellos postrados desde kilómetros atrás, para hacer girar los molinos de oración, más de mil en todo el recinto. Según la tradición budista, al hacer girar el molino en el sentido adecuado, la plegaria en él grabada se eleva hacia el cielo: om mani padme hum. Las banderas tibetanas, coloridas y leves, también cumplen la misma función de hacer llegar a los cielos las plegarias transportadas por el viento que las mece y purificar las tierras por donde se extiende su influjo.

 Sonrisa tibetana

Junto al circuito de los molinos de oración se eleva una estupa, meta de cuantos penitentes llegan a Xiahe. Una estupa es un monumento para contener reliquias, por lo que se convierte en una referencia ineludible para los creyentes. La estupa está ubicada de manera que entra a formar parte del tránsito ritual que circula, en la dirección de las agujas del reloj, alrededor de todo el recinto sagrado y que es recorrido, una y otra vez, por las decenas de personas llegadas de las montañas cercanas.

 Estupa sagrada

La sacralidad y la emoción por participar en los ritos budistas es muy evidente en los rostros de los creyentes. Algunas de las personas que recorrían el perímetro completo lo hacían lanzándose al suelo en plancha hasta tocarlo con el cuerpo entero, incluido el roce de la frente contra la tierra. Se levantaban y nuevamente volvían a dejarse caer con una manifiesta expresión de trance místico. Muchos de ellos llevaban molinillos de oración en las manos, que hacían girar con una dedicación próxima a la obsesión y más allá de la pasión.

Mujer rezando

La vida de los monjes budistas obedece a estrictas reglas y a ordenanzas seguidas desde tiempos muy remotos. Labrang es un monasterio al que acuden muchos jóvenes, algunos muy niños aún, para ser educados y, cómo no, para descargar de alguna boca que alimentar a las familias que sobreviven a costa de titánicos esfuerzos en un entorno muy hostil. Durante los días que pasé allí pude ser testigo de ciertos actos que desde la perspectiva de una profana resultan curiosos,  como el servicio de comidas; interesantes, como la obstinación de los fieles por que un monje les escribiera oraciones a cambio de dinero; y, en ocasiones, hasta hipnóticos, al escuchar los cánticos y salmodias a ciertas horas del día. 
Al ser días festivos, en el monasterio se habían dado cita una gran cantidad de monjes llegados de otros recintos. Las jerarquías, omnipresentes en cualquier religión, establecían un riguroso orden de participación, así como de disposición en los asientos del templo. Los más jóvenes eran los encargados de servir a sus mayores. Junto a la sala de oración se situaba la cocina. Al asomarse a ella, naturalmente no podía entrar por si mi impureza femenina mancillaba el alimento, se podía ver, en medio de la penunbra y de paredes oscurecidas por el fuego, un conjunto de recipientes metálicos, enormes ollas donde se cocía arroz y jarras de agua. Los monjes niños en parejas cogían los recipientes rellenos a rebosar de arroz cocido y los transportaban hasta el templo, en el que los monjes ya consagrados se sentaban a dar cuenta de la pitanza.

 
Cocina y reparto de comida

Durante los días de la fiesta y la reunión de las etnias y de los monjes venidos de rincones lejanos, los fieles aprovechan para poner en orden sus asuntos espirituales. En algunos momentos se podía observar en el recinto del templo un tumulto que en principio no tenía explicación. Al acercarme, no obstante, distinguí grupos de mujeres y hombres, tanto ancianos como jóvenes, que se afanaban por depositar en las manos de algunos monjes tiras de papel que previamente habían comprado. En esos papeles pedían que se escribieran sus deseos, los anhelos más profundos y las peticiones más íntimas dirigidas a su dios, a la referencia divina que les resarcía de sus humildes y, en ocasiones, míseras vidas. Me conmovió, una vez más, la dedicada sumisión frente al poder de la religión: personas de ropas gastadas, de rostros arrugados, por la edad y el cansancio, de manos encallecidas a fuerza de arrastrar sus vidas y sus angustias, dejando algunas monedas que sin duda les harían falta para otros menesteres en las manos de monjes indiferentes que escribían con indolencia.

Monje escribano

Por las tardes, antes de que el frío de la noche me hiciera buscar refugio y comida, me agradaba pasear por el recinto del monasterio, tan silencioso y tranquilo. No había impedimentos para deambular por las dependencias, las callejas y los rincones. La única excepción era el tiempo del rezo en el interior del templo. El resto del día, Labrang se ofrecía sin pudor a mis miradas indiscretas, aunque respetuosas. En una pequeña plaza descubrí una situación muy peculiar: un grupo de monjes jóvenes parecían discutir entre ellos de forma airada, animada y entusiasta. De pronto, uno chasqueaba las manos y lanzaba lo que parecía amenaza de golpear a otro. Todos, entonces, reían y hacían burlas. A cierta distancia, suficiente para marcar diferencia, aunque propicia para escuchar, estaban unos monjes mayores, revestidos de seriedad. De vez en cuando, hablaban y todos los jóvenes caían en un trance de escucha profunda y concentrada. Me explicaron que se trataba de lecciones de filosofía budista. Un monje emite una pregunta, otro responde. Si la respuesta se considera correcta, es felicitado; de lo contrario, se le somete a chanzas inmisericordes que le avergonzarán durante el resto de la lección o hasta que consiga resarcirse con una respuesta óptima. Los maestros se encargaban de determinar el nivel de acierto, de profundidad de las contestaciones y de la intensidad de dedicación a los contenidos teóricos de los estudios.

Lección de filosofía

La ruta de la seda, los monasterios budistas y las vivencias correspondientes dan para mucho más. De momento, esta crónica se cierra con los recuerdos asociados a un viaje muy largo en días y mucho más extenso en experiencias.

22/1/11

Papúa occidental-2

Descanso en compañía de Pegemui. Tierras altas de Papúa occidental. Indonesia.

En Papúa me sentí cuidada y arropada como si fuera una persona especial, gracias a mi porteador o, como yo le llamaba, mi ángel de la guarda. Pegemui (no soy capaz de transcribir mejor su nombre) se ocupó de mí desde el primer momento hasta la terrible despedida, incluso me salvó de caer por un barranco profundo cogiéndome al vuelo. Era más bajo que yo, tan fuerte que me podía levantar del suelo con una sola mano, mientras cargaba con mi mochila y caminaba por el irregular terreno con los pies descalzos. Yo llevaba unas botas estupendas, bastones de sujeción y un pequeño equipaje personal que apenas molestaba, porque mi ángel cargaba con el peso de mis necesidades. Aun así, el camino era tan terriblemente duro, tan inestable e inseguro que, de no ser por Pegemui, no lo hubiera resistido.
Llegamos hasta Wamena en un Fokker-50 de pequeñas dimensiones. Desde el aire, el espectáculo de las montañas era impresionante. A Wamena no se puede llegar más que en avión, o mejor, en esos pequeños aviones de hélice, puesto que el aterrizaje se realiza en una pista en medio de una sierra elevada y puntiaguda. Ya el aeropuerto parece la puerta hacia una dimensión desconocida. Había una mezcla de soldados indonesios y nativos desconcertantes. La primera vez que ví un papú con su koteka y nada más, un hombre viejo que deambulaba sin aparente rumbo, me quedé tan sorprendida que tardé en reaccionar.

Papú cerca de Wamena.

En el aeropuerto (eufemismo para denotar el espacio en que aterrizan aeroplanos diminutos y se pasean individuos de toda clase y condición) había algunas personas que esperaban la llegada de los vuelos para recoger mercancías o el correo. Cuando el avión aterriza, no hay protocolo: unos descienden, otros se aproximan, alguien abre la compuerta de descarga, todos intentan sacar sus pertenencias. Es un cierto caos en el que me ví inmersa, mientras mi mente trataba de procesar la idea de que estaba a muchos kilómetros de distancia de algún lugar organizado y que iba a pasar unas semanas perdida en las tierras altas de la provincia indonesia de Papúa.
Wamena es una población de tamaño medio con gran cantidad de comercios y dedicada casi en exclusiva a los treks de las montañas del interior. Es el punto de partida para introducirnos en el valle de Baliem, donde abastecerse de todo lo necesario para la incursión de varios días y donde conseguir personal que ayude con el equipo y la infraestructura.


El proceso de inicio del trekking por las tierras altas de la provincia que los indonesios llaman Irian Jaya semeja los antiguos procedimientos fascistas de selección de trabajadores. Era aterrador ser parte de una discriminación basada en filias y fobias de quienes contrataban. Yo no alcanzaba a saber lo suficiente para entender todo el protocolo, pero los rostros de los contratados y de los rechazados eran harto clarificadores de cómo funcionan las cosas por allí. En una calle, cerca del "hotel" en el que me alojaba, se reunió un grupo numeroso de hombres dispuestos a aceptar la tarea de acarrear durante días el peso de nuestras provisiones, equipajes y necesidades. Desde lo alto de un camión, que más adelante nos serviría de transporte, el capataz dirigía la operación: tú sí, tú no, etc. Ellos, los papúes, no se alteran, parecen resignados a su suerte. En otra entrada ya he hablado de la espantosa discriminación que padecen los genuinos habitantes de esta zona por parte de los indonesios. Éstos han invadido la provincia y se han apoderado de cualquier posibilidad de desarrollo de los papúes, a quienes se niega el acceso a estudios superiores y buenos puestos de trabajo. Para los indonesios, son como animales, una fuerza bruta de trabajo. Tuve ocasión de comprobarlo personalmente cuando descubrí que a mi ángel de la guarda, a quien debo la vida, no le daban de comer más que las sobras, si las había. Desde el momento que lo supe compartí mi comida con él, a partes iguales, aunque me costó convencerle de que aceptara.


Cantos y bailes por la montaña.

El camino empieza en una zona que llaman "festival point". Allí nos reunimos todos, apenas unos doce viajeros y el doble de personas que se encargarán de nosotros, incluyendo cocineros, personal de apoyo y algunas de sus mujeres que trabajaron en el grupo. En total, una expedición numerosa. Para acceder al valle e iniciar el camino de las montañas, hay que pasar por una "frontera": los indonesios han apostado algunos destacamentos militares en ciertas zonas que consideran estratégicas, aunque en realidad están controlando a los papúes para prevenir posibles revueltas. Mi porteador, desde el principio, me despierta una gran ternura. Parece muy humilde y muy frágil, pero tiene una fuerza endiablada que me sacará de apuros en más de una ocasión. Resulta ser una persona excepcional que está pendiente de mí en todo momento, hasta el punto en que pierdo el miedo a la dificultad del camino. Si está conmigo, nada malo puede pasarme.

Encuentros por el camino.

El recorrido es terrible, muy duro, todo son subidas y bajadas, apenas hay tramos horizontales. Está embarrado y el suelo resbala, pero yo tengo la mano de mi ángel siempre cerca. En algunos tramos hay que cruzar puentes, bonita palabra para definir un trecho del camino sobre un río tormentoso y excitado que no es más que un entramado de maderas y lianas atadas con más fe que ingeniería. Los puentes son colgantes, movedizos, tienen pedazos sueltos y el río impetuoso ruge bajo tus pies cuando lo cruzas, mientras ves pasar el agua con una furia impredecible y te armas de valor para no mirar más de lo necesario.

A pesar de todo, disfruto de la sensación de estar en un lugar desde el que no tengo facilidad para volver. El guía nos advirtió en Wamena: si alguien tiene problemas físicos o psicológicos, que lo diga, porque no hay posibilidad de vuelta atrás, ni de llamar a equipos de emergencia. No hay contacto con el mundo exterior. Allí no funcionan los móviles, no puede aterrizar un helicóptero, no hay manera de escapar de una situación potencialmente peligrosa.
Son muchas horas de camino, montaña arriba y abajo, de saltos por las cercas de poblados y de barrancos vertiginosos. A veces es difícil respirar. Yo observo a mi porteador, que no se separa de mí y cada pocos minutos se vuelve a mirarme por si le necesito, que camina con unos pies deformados a fuerza de pisar descalzos las piedras y los montes, que se ata a la tierra con esos pies prensiles y pseudohumanos y que me sujeta a mí a la seguridad de su presencia.
Cada anochecer llegamos a un poblado. Llueve continuamente y los pocos habitantes de las tierras altas se guarecen en sus chozas al decaer la luz. Por supuesto no hay más iluminación que la luna y las estrellas. La lluvia imprime un cierto carácter de nostalgia al conjunto. Después de un día entero caminando por la montaña, no hay más que un chorro de agua fría que cae desde un estrecho canal donde lavarme y un pedazo de suelo donde poner el saco de dormir. Nos alojamos cuatro en una casa de madera que nos han dejado. No es cómodo, pero sí divertido por las conversaciones nocturnas y el recuerdo del día. Cuando paramos a comer a mediodía, es decir, a recuperar algo de fuerzas con una frugal ingestión de lo que fuera, los habitantes del poblado que nos acogen han cantado sus canciones tradicionales que hablan de guerras, de caza y de familia, cerdo incluido. Estábamos en el interior oscuro y ahumado de una choza, sobre un suelo de paja y tierra, cansados y sudados. Pero al escuchar esas voces tan antiguas, al intuir los rostros de los hombres y mujeres que se percibían a mi alrededor en la penumbra sentí, una vez más, la inmensa emoción de estar, de vivirlo. No me importa el cansancio y las incomodidades, porque no hay otra manera de sentir el privilegio.

Representación de danzas tribales. Festival de las tribus. Papúa occidental.

Cada noche, en cada poblado donde paramos a dormir, hay una vida intensa y amable. Nuestros porteadores y cocineros, que trabajan todo el día, no solo caminan como nosotros, sino que cargan con nosotros y nuestras pertenencias y tienen la vitalidad y la alegría suficiente para cantar por las noches. Cuando parece que todos debemos retirarnos a recuperar fuerzas, cuando la montaña nos envuelve y las estrellas, si no llueve, se muestran impúdicas con un estallido de vigor, escucharemos los sonidos ancestrales de una vida que se resiste a desaparecer. Desde un poblado a otro hay cánticos y gritos, comunicaciones que durarán un tiempo, que se irán suavizando y que, junto a los aullidos de los animales, nos adormecerán hasta que la luz se haga de nuevo.

Preparación del fuego.

El final del trekking se celebró con la ceremonia del cerdo (Papúa occidental-1). Al regresar a Wamena invitamos a nuestros porteadores a una cena de despedida. Al mío le hice algunos regalos, uno de los cuales había estado deseando durante todo el tiempo: mi cantimplora metálica. La noche fue, una vez más, amenizada por sus cantos. Hubo también discursos, recuerdos de los días pasados en convivencia y promesas de enviar fotografías. Al día siguiente de nuevo un Fokker-50 nos trasladaría a Jayapura, capital de la provincia, desde donde seguir viaje. Me costaba despedirme de Pegemui. Quería decirle muchas cosas, pero la dificultad del idioma me lo impedía. Pedir al guía que tradujera mis palabras en inglés al lenguaje local de mi ángel guardián me parecía una traición al espíritu de mis sentimientos. Así que opté por darle un abrazo, en la esperanza de que su intensidad le transmitiera algo de lo que hubiera querido decirle.
Se aferró a mí. Empezó a hablar con prisa, con ansia, con una pena perceptible en la voz convulsa. Me miró con sus negros ojos e intentó sonreír. Nunca sabré lo que me dijo en aquella despedida. Solo fui capaz de hacerme consciente del dolor que soportaba, de la fuerza de sus brazos salvadores y de la sensación, no por conocida menos espantosa e inevitable, de reconocer el adiós para siempre.

17/1/11

Paradojas

Bajo un puente de lluvia y viento. Provincia de Yunan, China.


Estoy en el sur de China y el calor ha sido insoportable todo el día, pegajoso, húmedo. La ropa se pega al cuerpo y la mochila se vuelve insufriblemente pesada. Por mucha agua que beba, siempre tengo sed. A veces la sustituyo por el té o por algún refresco, pero el azúcar que llevan estas bebidas aumenta la desazón en mi garganta. Parece que el camino es interminable, que la noche y su descanso no llegarán nunca. La carretera está en obras, cada pocos kilómetros hay que parar y quitar piedras del camino para avanzar un poco más. Llegaré a un pueblo pequeñito, de casas muy antiguas hechas en madera, oscurecidas por el humo de los hogares, donde los niños juegan en la calle y los ancianos se sientan sobre sus propios talones a fumar y a observar el mundo que les rodea. Hay canales de agua sucia y un estanque mucho más sucio todavía en el que saltan peces ignorantes de sus condiciones de vida, peces que, no puedo olvidar, se servirán a la mesa esa noche y mañana, junto con el resto de los ocho platos preceptivos. Dormiré en una casa particular, entre cuatro paredes de madera y sobre unas tablas sin colchón, compartiendo un minúsculo baño en el que resulta más fácil mear mientras te duchas a la vez, para que los pies no se cuelen por el único agujero del suelo al que va a parar todo. Sí, quiero decir "todo".


Comida diaria. Sur de China
Describo esto y sé que al leerlo pensarás que debo estar loca para seguir insistiendo en el mismo tipo de viajes. Pues, sí, porque allí mismo seré testigo de unos cantos del pasado más remoto en las voces puras e inquietantes de las ancianas. Porque allí me sentaré bajo el tejado de la torre antigua y, refrescada por la lluvia nocturna que cae por fin, escucharé los sonidos de las tradiciones que se resisten a ser olvidadas. Allí jugaré con los niños que se presentan con un saludo militar y se ríen cuando les imito, que me recuerdan que todavía tengo ganas de recrearme en la infancia. Allí, en aquel pueblo en el que apenas hay una bombilla por la calle, apagaré mi linterna y miraré por encima de mi cabeza, por encima de mí misma, las estrellas y sus guiños, las pícaras estrellas que parecen decirme que en mi mundo no se atreven a salir, cegadas por los artificios de la luz más insolente, pero que allí no sienten vergüenza de mostrarse en toda su plenitud. Compensa, puedes preguntarte, y yo no te voy a responder: es mucho más que eso.En Camboya, al igual que en Asia en general, el tráfico de las ciudades y los pueblos es infernal. Apenas parece haber carriles, cuando los hay. Los semáforos y las señales de tráfico son anecdóticas. La acumulación de coches, motos y peatones convierte las calles en auténticas pruebas de fuego para caminar. Si coges uno de los vehículos de pasajeros, rickshaws o similar, te parecerá haber montado en una atracción de feria que pone a prueba tus nervios, al pasar rozándote con otros muchos que circulan en tu misma dirección o la contraria, haciendo una aparente carrera de velocidad y obstáculos a la vez.
Una calle en Phnom Penh
Todo se puede complicar cuando llueve. En agosto el sudeste asiático se viste de lluvias. El monzón llega con la fuerza de un toro desbocado y se marcha de la misma manera, impetuoso y vibrante. Deja las calles inundadas, las ropas empapadas y las cámaras asustadas. He soportado varias veces esos chaparrones intensos y siempre me han dejado con la sorpresa puesta al observar cómo los sobrellevan las gentes de allí. Nadie se inmuta, nadie deja de hacer sus actividades habituales ni permiten que los intensos aguaceros alteren el ritmo normal de vida. Las bicicletas, abarrotadas de objetos para llevar al mercado, desafían las más elementales leyes de la física, incluso bajo la presión de la tromba. En mi caso, montar en bicicleta es una actividad que no realizo habitualmente, por lo que carezco de práctica y seguridad. En Siam Reap alquilamos unas bicis para visitar a nuestro ritmo los templos de Angkor.
El complejo de templos de Angkor es una de las maravillas histórica y artística del mundo. Cada uno de los edificios parece haber sido obra del delirio de un dios. Es imposible describir la sensación de entrar en Ta Prohm y enfrentarse a la piedra comida, vampirizada, abrazada por los árboles. Difícil expresar la violencia y la belleza de los rostros del Bayon. Complicado contar lo que significa recibir las imágenes de tanta exhuberancia de detalles y de rincones.

Fusión. Ta Prohm, Angkor. Camboya

Pero íbamos en bicicleta en plena época de monzones. Cuando descarga, parece que te echen un cubo de agua por encima. Los impermeables y capas de agua sirven durante unos minutos. Los paraguas, ni eso. El día se fue oscureciendo de repente. La lluvia no tardó mucho en aparecer pero, por fortuna, estábamos cerca de un templo en el que poder refugiarnos. Allí entraron también algunos niños y un par de adultos que habían estado montando un pequeño mercadillo de recuerdos. En poco rato tuvimos que ponernos los impermeables dentro de la estructura del templo, puesto que las grietas del techo filtraban agua en grandes cantidades. Al poco, el suelo empezó a inundarse, de manera que nuestros pies estaban hundidos en el charco. La cosa parecía seria, sin embargo hubo muchas risas porque jugamos con los niños a protegernos de la lluvia con nuestros impermeables. Estábamos todos empapados, el cielo estaba negro, no había apenas luz, pero la sensación de estar allí, bajo las piedras antiguas, bajo el agua inmutable, era más que placentera: era una cierta aproximación a eso que debe ser la felicidad.
Lluvia y piedra, Angkor. Camboya

El regreso al pueblo no fue tan grato, aunque también sirvió para unas risas. Decidimos afrontar el camino, más de diez kilómetros, cuando la intensidad del aguacero se convirtió en un chubasco más débil, porque se acercaba la noche y la carretera no tenía iluminación. El camino estaba inundado, de manera que el agua alcanzaba la mitad de las ruedas de las bicicletas. No podíamos pensar en perder el equilibrio para no caer en mitad de un gran charco, cargadas con las mochilas y las cámaras. El impermeable daba un calor espantoso, el sudor se mezclaba con la lluvia y se metía por los ojos, cegándome a causa de la sal. Los demás vehículos, que no tenían en cuenta ni mi ineptitud sobre dos ruedas ni mi fragilidad como conductora, pasaban a gran velocidad y me hacían tambalear peligrosamente. Nunca recorrí trayecto tan largo, aunque imprimí velocidad para acabar cuanto antes, mientras mis amigas sufrían por mí al verme lanzada en solitario. Lo peor, no obstante, empezó al llegar a los alrededores de la población. Como he dicho, el tráfico es infernal. Imagina mi triste figura empapada, cargada, con el impermeable revoloteando a mi alrededor, esquivando coches, motos, autobuses, peatones y sin saber por dónde ir. Llegué al hotel ya noche cerrada, guiada por las preguntas hechas al azar a vendedores ambulantes.
Ducha, ropa limpia y masaje aromático para relajar los músculos doloridos. Cena jemer en una terraza y daiquiris en la tertulia posterior. El recuerdo de mi primer día en Angkor, a pesar de la bici-experiencia, no puede ser más hermoso.

27/12/10

Religiones-2

Ceremonia en un templo dedicado a Shiva
Sur de India


Ya sabes cuál es el tópico sobre la India: o te enamora o te horroriza. A mí me enamoró en el primer momento y me quedé atrapada por su fascinación para siempre. Reconozco que no es un país fácil y que no siempre resulta accesible. Pero para mí es un lugar donde volver una y otra vez. En las calles de India me reconozco como parte de otro mundo distinto al de cada día. Calles, olores, formas y gentes me dan la bienvenida y me recuerdan que, cuando estoy allí, es porque lo necesito.Y en ello estoy.
Una de los hechos más representativos de India es la religión. Los templos indios reflejan el espíritu del país. Un inciso se hace imprescindible: la religión en India no es asunto baladí. El país cuenta con más de 1.100 millones de habitantes, de los cuales aproximadamente el 80% son hindúes. Aunque el hecho religioso en India es más complejo de lo que puede establecerse en un humilde retrato como éste, no me puedo sustraer al fenómeno que he vivido y del que he aprendido, afortunadamente, como tantas otras veces. He visitado India en dos ocasiones y estoy preparando el tercer viaje para dentro de unos meses. En cada ocasión he sentido lo mismo: unas vivencias difíciles de calibrar y mucho más difíciles de convertir en palabras; y un conjunto de emociones imposibles de reinterpretar en términos occidentales. Es India: debes sumergirte en su mundo y dejarte llevar, sin preguntas, sin dudas, sin temores. El tópico en mi caso tiene una trascendencia: India me transfigura, me recuerda que allí puedo perderme, que es uno de mis dos lugares en el mundo, que, aun no sabiendo quién soy y a qué lugar pertenezco, India me acoge como si fuera una de los suyos.
Pero hablemos de religión. En India hay una amalgama de creencias, aparte del hinduismo: islam, jainismo, sijismo, budismo, cristianismo. El segundo país más poblado del mundo merece una consideración especial. Y, como siempre, entrar en terreno resbaladizo me vuelve indefensa frente a la magnitud del país y sus circunstancias. Lancémonos, no obstante, qué le voy a hacer si cuando inicié estas páginas ya me ofrecí en cuerpo y alma.
India en datos: segundo país más poblado del mundo, considerado subcontinente por su extensión e, incidentalmente, por su historia y su tradición comercial. Ruta de tránsito entre oriente y occidente, lugar de leyendas, de imágenes, de sueños, de aspiraciones y hasta de temores. India, lugar de referencia para los que, como yo, no sentimos precauciones a la hora de perdernos por un crematorio en las orillas del río más contaminado del mundo, o por las callejuelas sin fin pobladas de puestos de venta de millones de objetos inclasificables, o por los poblados polvorientos y sin embargo alegres, o al menos, donde me han hecho, una vez más, sonreir sin dudas.
India y el hinduismo. Me apasiona la religión hinduista, que es por encima de todo una forma de vida. Los templos hindues son reflejo del espíritu de los indios: abigarrados, simbólicos, surrealistas. Llenos de una vida que se ofrece ajena a las preguntas que los profanos no dejamos de hacernos y que, no obstante, se quedarán sin respuesta a menos que renazcamos, como ellos, siendo quienes son y aceptando la rueda de acontecimientos en espera del nirvana.

Mujeres preparando ofrendas. Templo shivaista, sur de India.

La religión hindú es tríptica: Brahma, el creador; Shiva, el destructor; Visnu, el conservador. Curiosa coincidencia con la trinidad cristiana, curioso cómo la tradición europea reproduce la trinidad en forma distinta y transfigurada cientos de siglos después. Los templos hindúes son monumentos repletos de joyas arquitectónicas, pero también, y especialmente, lugares de vivencias en los que bulle el quehacer indio en todo su esplendor: una mescolanza de personas, animales y ofrendas anhelantes, expectantes, ansiosas. Contradictorios y complejos más allá de los rituales: Shiva, el dios preferido, el destructor-creador-danzante-padre de Ganesha. Visnú, conocido en sus avatares de Rama y Khrisna. Bhrama, tal vez el dios que origina la triada y, con ella, la existencia de todo cuanto hay. Cada uno de los dioses del panteón puede multiplicarse en función de las circunstancias vitales y experienciales, porque su forma no es única, sino reconvertida hasta la imposibilidad de comprensión.
El hinduismo es una tradición religiosa politeista de la India y una filosofía de vida. En sánscrito se conoce como Sanatana Dharma ('religión eterna') o vaidika dharma ('deber védico'). El sánscrito es un idioma de la familia indoeuropea, una lengua clásica de la India y un lenguaje litúrgico del hinduismo, el budismo y el jainismo. Es uno de los 22 idiomas oficiales de India. Su posición en la cultura de la India y del sudeste asiático es similar a la que representaron el latín y el griego en Europa. Uno de los símbolos más importantes es la sílaba OM, que representa lo divino, Brahman, o deidad absoluta, y el universo entero. También, la esvástica, cruz cuyos brazos están doblados en ángulo recto, ya sea hacia la derecha o bien hacia la izquierda. El término proviene del sánscrito swastika, que significa "buena suerte" (literalmente "forma bendita"). ¿Lo sabrían quienes se apropiaron de ella y la expandieron con ánimo de convertirla en aglutinadora de ideas, en representante de asesinos?

En los templos hindúes predominan unos olores muy concretos: el dulzón y arrogante de las especias; el rancio de la mantequilla derretida una y mil veces sobre las figuras sagradas; el acre y oscuro de los murciélagos que se sobrepone a cualquier otro y que a mí me repele especialmente. En el sur, todos los templos se caracterizan por unos elementos que se repiten sin concesiones: el "gopuram" o cúpula escalonada, erguida en la entrada como dando la bienvenida a los visitantes, coloreada hasta el aburrimiento; y el "mandapam", pórtico con columnas que rodea todo el perímetro interior. Cada columna está tallada con una profusión de detalles digna de ser contemplada sin tiempo determinado, sin prisas, con ojos merecedores y mentes preparadas o, al menos, humildes.
Si visitas un templo hindú, y yo he estado en muchos de ellos, no dejas de asombrarte por lo sorprendente de su riqueza humana: gentes, animales, ofrendas, súplicas... Pero todo ello muy lejos de la sumisión enfermiza de las religiones europeas, con sus golpes de pecho y sus hipocresías escondidas en lo más profundo. Los hindúes son obvios: si tengo que pedir, pido; si tengo que llorar, lloro; si tengo que sentirme avergonzado, no me da vergüenza hacerlo público. Creen en la reencarnación, en el ciclo de sucesivas vidas que se prosiguen sin posibilidad de evitación, hasta que ocurra la liberación última, la liberación del dolor y de la encarnación en cuerpos físicos, hasta que ocurra el nirvana. Sus creencias les hacen resignados, sometidos a cuanto les pueda ocurrir, tolerantes también, puesto que el enfrentamiento con los aconteceres no les encamina sino a una vida posterior peor que la presente. El karma, la aceptación causal de las relaciones del pasado y sus vínculos futuros, la convicción de que lo experimentado en tiempos remotos puede ser determinante para el porvenir, convierte a los hindúes en viajeros de una existencia sin transición, en eterna espera, en frontera permanente, sin destino definitivo.
El hinduismo no puede resumirse en pocas líneas, y menos en una crónica modesta como la presente. Será preciso, pues, volver una vez y otra más, como si de un ciclo kármico se tratara, a recrearme en las vivencias que India me regala. El aquí y el ahora no tienen sentido más que en previsión de posteriores registros.