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1/9/12

Vietnam, el país amable-2: una historia compleja-A



 Recuerdos de la cremación en la pagoda Thien Mu.

El 11 de junio de 1963 un monje budista mahayana llamado Thich Quang Duc se inmoló quemándose vivo en Saigón como protesta por la cruenta persecución y cruel discriminación que el gobierno católico de Ngo Dinh Diem ejercía contra su religión. Los relatos de quienes vieron el hecho en directo, entre ellos el periodista David Halberstan, estremecen al narrar cómo se produjo. Los monjes llegaron precedidos de un vehículo azul y con pancartas en las que pedían al gobierno que cesara la represión contra los budistas. El monje se sentó en el suelo en la posición del loto y otros compañeros lo rociaron con un líquido inflamable, prendiéndole fuego a continuación. Las llamas se apoderaron del cuerpo con rapidez y, a pesar del terrible dolor que podemos imaginar, el monje no se movió ni emitió sonido alguno. Se cuenta además que el corazón de Thich Quang Duc quedó intacto y que lo conservan como reliquia y símbolo de compasión, mientras que a él lo reverencian como bodhisattva, es decir, el que está en camino de la suprema iluminación. Al margen de la cuestión emocional, no cabe duda que una actuación tan espeluznante sólo puede provenir de una situación desesperada.
La historia de Vietnam está llena de momentos dramáticos y situaciones extremas. No sólo hay que recordar la gran cantidad de invasiones y colonizaciones extranjeras que sufrió, sino también las propias vicisitudes internas. Vietnam fue un país dividido hasta su reunificación en 1976, norte y sur separados por el paralelo 17, dos mundos diferenciados y enfrentados. Haciendo un breve repaso por su trayectoria, encontramos puntos decisivos como los mil años de dominación China, de los que quedan innumerables vestigios, la colonización francesa y la guerra con EEUU, sin olvidar la invasión japonesa durante la II Guerra Mundial y la guerra con Camboya durante el régimen de Pol Pot, en respuesta a los repetidos ataques camboyanos en las zonas fronterizas con Vietnam.

 Bandera y retrato de Ho Chi Min


Templo chino.


En el centro de la actual Vietnam, en los alrededores de Danang, se desarrolló a principios del siglo II de nuestra era la cultura Cham, procedente del reino hindú de Champa. Quedan restos arqueológicos de aquella época que dan idea de la grandiosidad que debieron tener, a pesar de que en gran parte han sido destrozados por las bombas de la guerra contra los norteamericanos, ya que la zona fue en su día campamento de soldados vietcong. Los cham perviven en la actualidad y son en su mayoría musulmanes, aunque en origen eran hinduístas.




Restos de la cultura cham, museo de Danang.





Ciudad de la antigua cultura cham, My Son.

La influencia china fue mucho mayor, más duradera en el tiempo y considerablemente más notoria incluso en la actualidad. Desde el siglo II antes de nuestra era y por espacio de 1000 años China se apoderó de Vietnam. No todo fue negativo en esa invasión, puesto que introdujeron el cultivo del arroz y numerosas técnicas agrícolas y médicas que ayudaron al desarrollo de las tierras y las gentes. No obstante, no dejaban de ser el invasor y durante todos esos siglos hubo levantamientos populares y organizados contra los chinos, hasta que en el siglo XVI las potencias occidentales comenzaron a hacerse notar. Hoy en día es muy evidente la influencia china en Vietnam, tanto en edificios como en cultos, templos y comercios. En Hoi An especialmente se puede constatar tal influencia, puesto que perduran casas señoriales que fueron en su momento almacenes de te y otros productos llegados por mar. La parte antigua de esta ciudad está formada por casas grandes y hermosas que en su momento pertenecieron a importantes comerciantes establecidos allí. Hay todavía una gran colonia china que mantiene sus tradiciones, conserva sus templos y celebra sus ceremonias. Tuve la oportunidad de presenciar una ceremonia en el templo del siglo XVII y dedicado a Quan Cong, general valorado por su sinceridad, justicia, integridad y lealtad. Se mantienen intactas, también, las costumbres chinas en el comercio y en la preciosista caligrafía a la que se dedican algunos artesanos, así como en los adornos de los edificios, tejados llenos de detalles simbólicos, casas de madera, imágenes de dragones y coloridos representativos.












Escenas chinas en Hoi An.

Durante la II Guerra Mundial Japón ocupó Vietnam, pero manteniendo el respeto a la autoridad francesa que desde mediados del siglo XIX gobernaba el país. Fue poco el tiempo que duró su intervención, aunque el suficiente para aprovechar los recursos en su beneficio durante las campañas militares japonesas en zonas próximas. Quedan pocos elementos del paso de Japón por Vietnam y no son reflejo de su estancia durante el siglo XX, pero sí hay en Hoi An un puente, llamado precisamente "de los japoneses", edificado a finales del siglo XVI por la comunidad japonesa. Es pequeño y atraviesa un canal no muy ancho, ahora completamente dominado por la inmundicia y los malos olores. Conecta dos partes de la ciudad y está custodiado por estatuas de monos y perros, en supuesta alusión a ciertos emperadores japoneses. En la actualidad es una atracción de Hoi An, además de un punto habitual de reunión.





Puente japonés en Hoi An.


Las intervenciones extranjeras sobre Vietnam no terminan aquí, como todos sabemos. Dos importantes hitos históricos dominan los siglos XIX y XX: la colonización francesa y la guerra contra Estados Unidos. Tal vez sea ésta segunda la que más ha dado a conocer el país a lo largo del mundo, pero también es cierto que la innegable presencia francesa sigue viva y vigente en muchos usos cotidianos del Vietnam actual.

31/8/12

Vietnam, el país amable-1: aproximación.

Motocicletas y cableado eléctrico en Ciudad Ho Chi Min.

Cuando caminaba por las calles o los campos de Vietnam, una frase me rondaba con insistencia: qué amables son, qué carencia de rencor manifiestan. Así que al pensar en un título para la serie de escritos sobre mi viaje, no quedaba otra alternativa. Aun así, hubiera podido presentar también los relatos como "un país sobre dos ruedas", tanta es la cantidad de vehículos de estas características que circulan por doquier. Es también un país de agua, no sólo por la extensa costa de su parte este y sur, sino por la abundancia de lluvias que en época monzónica parecen más un castigo que una bendición para la agricultura. Y es, además, un país sorprendente por su rápido desarrollo y su increíble adaptación en poco tiempo a su propia independencia.
Vietnam carga con una historia plena de cultura y arte, pero también tan repleta de invasiones, colonizaciones y ataques que no puedo por menos de preguntarme cómo es posible que en la actualidad sonrían al decir que no odian a nadie. La única excepción que se permiten son los chinos que acaparan su territorio de pesca y les desposeen sutilmente de espacio en el mar, de donde procede gran parte de su riqueza. Lo que más me admiraba era la indiferencia que expresan por los norteamericanos, cuya intervención es de sobra conocida, al señalarles como víctimas de un engaño por el que se convirtieron en sus verdugos. Paradojas y más paradojas de un país en crecimiento, que va camino de convertirse en desarrollado en los próximos años, a pesar de la brutal corrupción que rige la política interna.
La población total es ligeramente superior a los 90 millones de habitantes y, si nos guiamos por las apariencias y las observaciones en directo, sólo algo menor sería el número de motocicletas y bicicletas que circulan por sus calles y carreteras, en una especie de danza de ritmo desconocido y en la más perfecta armonía que un caos premeditado pudiera sugerir. La gente se desplaza en motos y bicis, en las que transporta cualquier cosa existente en cualquier cantidad imaginable. Hay una serie de fotografías realizadas por autores de prestigio, o también viajeros anónimos, dedicadas en exclusiva a captar instantáneas de motos con cargas inverosímiles.

Una imagen habitual.


Captado desde el tren a la entrada en Hanoi.


Visto en paralelo desde un taxi, Hanoi.

La primera impresión que tengo de Vietnam, al llegar a Ciudad Ho Chi Min, es una imagen que parece sacada de dibujos animados. Miles de motocicletas se entrecruzan en las calles en lo que parece una coreografía perfectamente ensayada, aunque no es sino un cúmulo de casualidades el que no haya una catástrofe. Días después me explicarían que no todo el mundo tiene seguro de accidente por motivos económicos lo cual, unido a una extrema pericia, convierte las calles de las ciudades vietnamitas en campo de pruebas para auténticos campeones sobre dos ruedas. Por otra parte, resulta curioso que la ley obliga a llevar casco, algo lógico y recomendable, pero los cascos que utilizan parecen más bien adornos que protecciones. Además, no sólo acarrean todo tipo de elementos variopintos en las motocicletas, sino que es muy habitual ver esas frágiles máquinas cargadas con tres, cuatro y hasta cinco personas.


Expositores de cascos para la venta, Ciudad Ho Chi Min.

Vietnam se parece mucho a sus vecinos limítrofes. Las formas de vida se repiten, comparten rasgos comunes en casi todos los elementos de la cotidianeidad. La religión dominante es el budismo mahayana, aunque hay otras religiones minoritarias; la gastronomía es rica, variada y elaborada con productos frescos; los mercados, las calles y hasta la costumbre de sentarse en cuclillas para descansar ofrecen una imagen que podría corresponder tanto a este país como a Laos, Camboya o incluso China. Sin embargo, Vietnam tiene, como no podía ser de otra forma, sus peculiaridades. Una de ellas es el uso del sombrero cónico, nón lá, omnipresente y muy práctico para proteger del sol y de la lluvia. En gran parte de Asia el ideal de belleza se basa en la piel blanca, por lo que prevenir el bronceado es casi una obsesión. El vestido tradicional de las mujeres vietnamitas, ao dai, es también un rasgo identificativo, aunque ya no suele utilizarse más que como uniforme en algunos trabajos, sobre todo los vinculados al turismo.






Mujeres con sombrero cónico.

Vietnam es hoy en día un país en rápido crecimiento económico y, al mismo tiempo, un complejo conjunto de tradiciones y respeto a sus formas ancestrales de vida en armonía con la modernidad. El sistema político que rige está controlado por el partido comunista y dominado por corrupciones y contradicciones internas. En Vietnam hay un solo partido político que, no obstante, celebra periódicas elecciones en un remedo de democracia. El único resultado esperable es la alternancia en el poder de distintos miembros del partido. No es ninguna novedad la corrupción política, pero en Vietnam alcanza puntos difícilmente asumibles, especialmente en lo que refiere a cuestiones básicas como la vivienda o la sanidad.
La vivienda es tan cara que su precio podría equipararse al que se paga en grandes ciudades occidentales o incluso en Tokio. Las parejas, con o sin hijos, acostumbran a vivir en espacios muy reducidos y no es infrecuente compartir piso con otros miembros de la familia. Por otra parte, los bancos no conceden hipotecas para la compra de la casa, por lo que los vietnamitas piden prestado el dinero necesario a parientes y amigos, creando así una red de obligaciones que supera las estrictamente sociales y convivenciales. El sistema de alquileres no mejora la situación y no es raro encontrar familias enteras viviendo en una sola habitación.
El sueldo medio oscila entre los 200 y 400 dólares, dependiendo de la ocupación en concreto. Teniendo en cuenta que una motocicleta puede costar entre 1.000 y 2.000 dólares y que una vivienda de 28 metros cuadrados en el extrarradio de una gran ciudad puede pagarse por más de 20.000, no es difícil hacerse idea de las condiciones económicas en las que viven la mayoría de vietnamitas. Por cierto que la moneda propia es el VND (vietnam dong, cuya proporción es 1 euro 25.000 dongs), pero el dólar sigue siendo la referencia económica preferida y recurrente en los comercios y las transacciones.
La sanidad es precaria, "mala" como la definió un vietnamita que hablaba de ello, y cara. El seguro sanitario cubre un 80% de las prestaciones, mientras que el resto debe pagarlo cada usuario. Pero se puede llegar a pagar el total de la atención médica si no se sigue el protocolo establecido para recibir la asistencia. Ese protocolo implica pasar por el médico de barrio, el de zona, el de circunscripción, antes de recibir tratamiento especializado u hospitalario. En caso de saltarse alguno de estos pasos, el paciente paga en su totalidad la factura médica. En las zonas rurales la gente suele acudir a curanderos y utilizar remedios naturales como alternativa a la sanidad oficial.
A pesar de lo dicho, Vietnam es un país dinámico y acogedor, amable como dije al principio. Quisiera poder reflejar las experiencias del viaje en éste y otros artículos que irán apareciendo.

Mujer en un mercado.


2/8/12

En camino, de nuevo

La maleta está destripada en el suelo, abierta en canal. Muestra su interior ordenado en paquetes perfectamente distribuidos, ese interior muerto de risa al pensar en el caos que se instalará dentro de sí en los próximos días. Está a punto de empezar un nuevo viaje. Desorden de ideas y desgana que toma posesión de mi mente cada vez que voy a marchar, sin que el futuro deseo de quedarme allí, en el país elegido, pueda vencer la nostalgia del presente. Sin embargo,  me reconozco en estos instantes previos y me comparo con lo que acontecerá dentro de 24 horas: ahora la tensión por los vuelos, las muchas horas a bordo de un avión repleto de gentes diversas, la noche inquieta sin poder dormir, paseando por la cabina en vano intento de acallar la tensión y la desquiciante sensación de querer dormir sin poder hacerlo. Trámites de inmigración, maletas que se pierden y se recuperan... 
Todo eso no esconde la emoción de pisar tierras nuevas, la sensación dominante de saberme parte de otros mundos, acompañada por experiencias que me van a enriquecer, por fragmentos de las vidas de otros que me acogerán con amabilidad. Cargaré con una cámara siempre preparada para dejar constancia de lo que me ocurra, de lo que perciba, de todo lo que convierte mi vida durante el tiempo del viaje en mejor y más intensa. Y después, ya en casa, me alimentaré de los recuerdos almacenados tanto en mi memoria como en las fotografías, procurando dejar sentida constancia en forma de textos. Cuando viajo, no deseo regresar. Al volver, sin embargo, me reconozco como parte de mi mundo en el que debo estar para poder hablar de lo vivido. Una de tantas paradojas que me construyen es la que tiene que ver con querer y no querer estar. Pero siento que si vuelvo es para hablar de ello, para mostrarlo a los que no tiene la posibilidad de vivirlo en directo. Y entonces agradezco el privilegio de haber estado, de haber regresado y de poder contarlo.

En Etiopía

11/3/12

Siria, un homenaje

 Identificador de una calle en Damasco.

 En una calle del barrio cristiano de Damasco hay una tienda regentada por un caballero que habla un perfecto francés. Este señor, del que no recuerdo el nombre, pero sí su rostro amable, me enseñó los objetos que vendía, cuadros, espejos, muebles, todo en taracea, todo en maderas nobles y bellísimamente engarzadas. Mientras tanto, me hablaba del orgullo que sentía por su país, del que elogiaba sobre todo el amor por la cultura y el respeto por los otros. Aquella tienda parecía un refugio, un rincón al que acogerse por la paz que se desprendía de las paredes y de los enseres allí acumulados. Vi un espejo que se convirtió en mío en ese mismo momento, no muy grande, con las incrustaciones formando bonitos dibujos geométricos y con fragmentos de nácar acá y allá. Lo visualicé en un lugar de mi casa, como si hubiera existido para instalarse allí, como si lo hubieran creado para acompañarme desde entonces. Cada mañana me miro en él por última vez antes de salir, es como un ritual que no tiene más pretensión que hacerme revivir lo que sentí en Siria. Aquel caballero, tan educado y sereno, amaba su país. Me pregunto qué sentirá ahora, al ver cómo lo destrozan, cómo matan, cómo destruyen el valor incalculable de las vidas y de la historia.

Mezquita Omeya en Damasco.

Mezquita Omeya en Damasco.

Ya escribí en otra ocasión sobre Siria. Entonces relataba la experiencia de un viaje que fue casi iniciático para mí, de descubrimientos y de renacimiento, por las circunstancias que lo rodeaban. En este momento tengo la impresión, o el sentimiento, de que debo atrapar cada instante de aquellas experiencias, por si no hay más ocasión de volver, por si los asesinos que gobiernan acaban con tantos siglos de historia.

 Crack de los Caballeros


  Crack de los Caballeros

He estado dos veces en Siria, la segunda por poco tiempo al volver de Jordania. En esa ocasión coincidió la estancia en Damasco con la celebración de la semana santa. El barrio cristiano estaba lleno de gente, más o menos devota, más o menos curiosa. En un país de mayoría abrumadora musulmana resultaba cálido y entrañable el caminar por las calles impregnadas de olor a incienso y al ritmo de los tambores. Sentí como si fuera un objeto sólido el significado de la tolerancia. Nadie se encontraba fuera de lugar. Mujeres y hombres musulmanes se recogían en silencio, acompañando las emociones de los otros creyentes. Extranjeros de paso, como yo misma, observábamos las escenas, sintiéndonos parte de unos momentos irrepetibles. Caminábamos sin prisa de una calle a otra, de un templo a otro, sin devoción, pero con respeto, compartiendo, viviendo aquello.
En Siria, en la ciudad de Ugarit, surgió el que se considera primer alfabeto de la historia y cuya trascendencia, por si fuera poco, remite a la posibilidad de abrir el campo del conocimiento, del comercio, de las relaciones políticas y los registros. Este alfabeto sustituyó el limitado cuneiforme y el complejo jeroglífico y dio pie al desarrollo de la cultura y a su extensión. ¿Acaso sus actuales gobernantes, esos asesinos, sabrán valorar sus orígenes y su herencia?

 Ugarit, puerta de entrada al recinto histórico.

Ugarit, complejo arqueológico.

Uno de los lugares que más me sorprendió, por lo inesperado, y me emocionó, por la eventualidad, fue Apamea. La fundó el primer rey seléucida y llegó a ser un importante centro de filosofía. Llegué con las primeras luces de la tarde y poco a poco cayó la noche mientras caminaba por su cardo máximo. Las dimensiones de los restos arqueológicos eran el testimonio de la gran ciudad que debió ser. La belleza de las columnas y la amplitud de las calles no dejaban lugar a dudas. Caminando entre aquellas piedras antiguas, el sol iba decayendo y el frío se apoderaba de mi cuerpo, aunque no de mi mente, que seguía cálidamente impregnada de la belleza del lugar. Yo apenas podía creer que existiera y que me acogiera sin prisa por verme marchar. La luz se apagaba lentamente, yo me resistía a abandonar la antigua ciudad, tal era el impacto que Apamea estaba dejando en mí. Cuando ya casi tenía que adivinar las siluetas de los edificios, se escuchó la llamada a la oración que lanzaba el muecín desde el pueblo cercano. Y de pronto, en medio de la arquitectura que legaron los seléucidas, ocurrió el milagro de la simbiosis que sólo puede existir cuando de cultura se trata: parada entre las columnas, admirada de la perfección de sus formas, viví el instante en que se mezcló la voz del musulmán con la herencia helenística. Desearía tener el don de la palabra para poder describir aquellas sensaciones, pero soy impotente. Me queda, al menos, el consuelo de poderlo apreciar, de haber sabido conservarlo intacto en la memoria, de tenerlo conmigo para siempre.

 Apamea.


 Apamea.

 Apamea.

 Apamea.
 
Apamea.


Siria ofrece muchos y muy hermosos alicientes: la ciudad de Hama, con sus norias de madera junto al río; la impresionante basílica de san Simeón el estilita; los recintos de Russafa o Dura Europos, testimonios de un pasado glorioso; la preciosa Alepo; el encanto sin límites de Damasco... Pero si me obligaran a elegir, sin duda me quedaría con Palmira, la ciudad nabatea de la reina Zenobia. En Palmira parece que todo sea posible. Y lo fue. Por la noche el templo de Bel se ilumina y se convierte en el foco de atracción de todas las miradas. Durante el día deambular por entre sus columnas incita a todo tipo de ensueños. Si tenéis la suerte, como yo tuve, de estar en Palmira durante la luna llena, entonces ya no hay posibilidad de escapar a su magia.


Santuario del templo de Bel.


Luna llena en Palmira.


Palmira está en mitad del desierto. A su alrededor todo es del color de la arena y, cuando cae la tarde, parece de oro el resplandor que se apodera de las piedras. Fue una ciudad importante en la ruta de la seda y de su poderío dan cuenta los templos, el ágora, el teatro y las elegantes columnas, arcos y decoración. Hacía frío, mucho, cuando estuve allí, pero no quise perderme el placer de amanecer entre sus rincones. La luna persistía aún, reacia a dejarme, y tiznaba el entorno con tonos de plata, en pugna con el sol que empezaba a asomar. Las imágenes eran oníricas. Las sensaciones, intensas. La noche anterior yo anduve, perdida y reencontrada, por entre las hileras de pilastras, y me recosté contra el Tetrapylon, me estremecí de pavor por la belleza que me rodeaba. Y me hice mía otra vez.


Amanecer en Palmira.


 Àgora.


Teatro


Recordar aquel viaje me hace mucho bien. Pero no puedo por menos de pensar qué será de ese hermoso país. Ahora está en manos de sanguinarios dictadores, de obsesos de la represión. Sus gentes, tan cálidas y acogedoras, tan hospitalarias y amables, están siendo masacradas por quienes tienen el deber de protegerlas. A nadie le importa Siria. A todos les tiene sin cuidado un lugar tan cargado de historia, de cultura y de belleza, pero es que estos conceptos no enriquecen los bolsillos, sólo las mentes. Y eso ya no es un valor en estos tiempos.
Cuando se pueda volver, yo volveré. Caminaré de nuevo por sus calles y su vida, recuperaré las experiencias de hace años y lloraré por las víctimas de los bárbaros, allí, con ellos, entre las personas que me hicieron feliz.



9/2/12

India: la vida a la vista-7. Varanasi.

 Benarés, camino de los ghats.

Ciudad sagrada, antigua Kashi, el lugar al que todo hinduísta quiere ir a morir para evitar el ciclo de reencarnaciones. Varanasi, a orillas de la madre Ganga, el río purificador, el mayor pozo de contaminación en el que, no obstante, se sumergen, del que beben y al que adoran. Varanasi, tres millones de habitantes que parecen apiñarse todos en los márgenes del Ganges, 84 ghats, múltiples crematorios a la vista de los curiosos e ingentes cantidades de leprosos, tullidos y moribundos. Varanasi, fundada por Shiva, dicen, hace más de 3.000 años, donde el más sacro de los ríos purifica y libera, arrastra los pecados y limpia el alma. Varanasi, cuerpos envueltos en telas doradas a punto de ser consumidos por el fuego, cuerpos a medio calcinar lanzados al agua, arrastrados por la corriente hasta parar en la orilla, junto a las barcas, al alcance de los aghori.

 Amanecer en el ghat Dasaswahmed.

Calles tan atestadas de gente, vehículos, vacas y basura que, pasado un tiempo no muy largo, sientes que la realidad se transforma y se desvanece por los poros de la locura. O tal vez sea yo la que me transformo, hasta el punto de sentirme parte de todo aquello. Caminando entre el desvarío de sus calles, Varanasi me regala la posibilidad de dejar de ser yo misma, mientras me subo al rickshaw que arrastra pedaleando un pobre hombre, o me sumerjo en las ceremonias de adoración al río y al sol y a todo cuanto acerque el sentido a la divinidad, a la eternidad, al descanso.

En las calles de Varanasi.

La ciudad surge entre la bruma. El río, la madre Ganga, creado por Brahma del sudor del dios Visnu, baja rápido y muy crecido. El monzón ha inundado parte de la ciudad y las escaleras de los ghats están medio sumergidas en el agua densa y gris. Las cremaciones se han trasladado a un lugar más alto, pero las imágenes y los olores siguen siendo los mismos. También lo es la indiferencia aparente o fingida de los encargados de apilar madera, depositar los cadáveres y limpiar de restos al final del proceso. Cuerpos sin quemar del todo son codiciados por los perros callejeros que, hambrientos, se acercan con la esperanza de llevarse bocado y que son apaleados sin miramientos por los mismos que lanzarán esos despojos al agua sacra.

El Ganges inundando los ghats.

Cada amanecer los fieles acuden a orillas del río y descienden los escalones para introducirse en el agua, realizar sus abluciones rituales y ofrendar a la madre Ganga sus plegarias, peticiones o lamentos. Se bañan, toman sorbos para que la salvación alcance cada rincón de su cuerpo. Cada atardecer las ofrendas son en forma de pequeños barquitos hechos con hojas trenzadas en cuyo interior bailan flores y velas que, encendidas, iluminarán fugazmente las aguas oscuras a medida que se pierden en la noche. Yo también he lanzado a navegar mi embarcación tan frágil, cargada de fantasmas, rogando al Ganges que se los lleve lejos. Escúchame, madre Ganga, escucha a esta descreída que, en silencio frente a los devotos que se sumergen en ti, también se atreve a rogar, a esperar.

Ofrenda al amanecer.

La más sagrada de las ciudades del hinduísmo es una realidad paralela, una dimensión que atrapa y abduce y no permite pensar. Sólo las sensaciones tienen cabida, porque si dedicas un instante a la reflexión, puede que no te recuperes del resultado. Si los pensamientos se adueñan de la mente, estás perdida: ya no puedes escapar de las preguntas sobre los dolientes y los suplicantes; de las dudas de por qué tú y no ellos o viceversa. Si intentas racionalizar, te apresan los callejones laberínticos en los que puedes perder la paciencia para siempre, mientras disputas el espacio a las vacas o a la porquería.

Una calle, camino a los crematorios.

A medida que caminas por Varanasi las imágenes se complican y te esfuerzas cada vez más por no pensar: ya sabes, si lo haces, Ana, estás perdida. Porque si piensas, aparecen los niños hambrientos, pilluelos andrajosos. Una pequeña, de edad indefinida, aunque no mayor de 3 años, al brazo de su madre, dormida o agotada, se muestra con una espalda en carne y hueso, hollada por alguna enfermedad innombrable. El ciego, o los ciegos, pues tantos hay, de cuencas vacías o globos blancos tantean el aire y exhiben una escudilla de metal abollado a la que esperan caiga algo que les llene el estómago o la jornada. No pienses, que te pierdes. Porque si piensas, aparecen las voces suplicantes de los vendedores callejeros, del leproso sin piernas arrastrado por un mendicante, de las mujeres que te persiguen llevándose las manos a la boca en señal de hambre.

Mi transporte, un símbolo.

Pensar en Varanasi es condenarse. Si piensas, aparecen tantos templos y tantos devotos sumisos y postrados que de nuevo brota sin freno la rabia por el daño que hacen las religiones. Si piensas, dotas de nombre y de forma al sistema de castas, a los millones de dioses del panteón hindú, a las luchas interminables entre hinduístas y musulmanes. Y en medio de todo ello, el ruido, el humo, de los vehículos, de las piras funerarias. En medio de todo, la vaca que come las basuras del suelo, el cartón y el papel podrido. En medio y por todas partes los monos ladrones y agresivos, los perros que se pelean por un pedazo del cadáver sin quemar. En medio, en el centro de una hoguera casi consumida, la cabeza, el hombro y una parte del brazo de algo que una vez fue humano y que ahora podría aparecer como artista invitado en cualquiera de nuestras pesadillas.

Esperando entrar en el templo.

 El caos es Varanasi o viceversa. Las calles de la parte más antigua, estrechas y laberínticas, conducen a todos los lugares y a ninguno. Las avenidas más amplias se llenan con tal densidad que parece imposible aprovechar un solo centímetro más. Pero se aprovecha. En espacios inverosímiles se apelotonan todo tipo de elementos, sean humanos, animales o mecánicos. Y el ruido, omnipresente y desquiciante, cacofonía de sonidos por doquier, sin más orden que la preeminencia ni más concierto que la intensidad.
Moverse por las calles que conducen a los ghats es una aventura con su pizca de riesgo, tanto más peligrosa cuanto menos paciencia tengas. Dejarse llevar por la confusión instaura un tempo marcado por la batuta de la dispersión. Al igual que se camina sorteando elementos móviles, hay que tener cuidado con no pisar, aséptica occidental como soy, fluidos y sólidos variados. Además de la continua pugna por desembarazarse de vendedores, cazadores de compradores, buscavidas, guías improvisados, niños y peticionarios no oficiales de múltiple condición. Quien pretende organizar el camino de acuerdo a criterios racionales cae de lleno en la desesperación, el abandono o el esperpento. No hay otra que dejarse llevar. Y entonces... Entonces vuelve la magia. Me reconozco con sonrisa idiota en medio del barullo y la locura. A ambos lados de cada calle, tiendas y brillos y luces y miles de objetos conocidos o misteriosos, pendientes de calificar. Compradores y vendedores ejecutando la danza mística del intercambio, con sus regateos y fingidos enfados que se subsanan con un poco de ni pa ti ni pa mí, el toma y daca de los negocios, el quid pro quo de la calle. Líos y voces y bocinas y los sentimientos a flor de piel, en riña amable con las emociones en escabeche que se escurren desde el cerebro hasta el corazón y acaban en la cazuela del quiero volver.

Una calle.

Volver a caminar por estas calles imposibles, volver a irritarme con las bocinas insoportables. Quiero volver a ahogarme en la polución y en el humo de los muertos, porque ello significa compartir un tiempo y un espacio tan exclusivamente mío que ni expresarlo puedo. Quiero volver a ver cómo da vueltas el fuego ritual frente al Ganges eterno, en las manos fuertes y morenas del brahman que me fascina. Volver a ver el color parduzco del contaminado sendero a la salvación y mirar con ojos de pasión y compasión esos cuerpos que se inclinan y se sumergen en las aguas infestadas de microbios y felicidad. Volver parece ser la palabra mágica, la que abre el cofre del tesoro.
Varanasi es la esencia de India, de esa India que te vuelve loco para bien o para mal. Esencia y trasfondo de la India que te transformará si la vives y la sientes, aun sabiendo que la sobrevives porque estás de paso. Si cada viaje se queda con algo de mí, India juega conmigo el juego peligroso de dar y recibir. Recoge parte de mis miedos, se queda con algunos de mis fantasmas y se regocija con mis ansias de comprender. A cambio me da todo lo demás: la abundancia de emociones, la orgía de sensaciones, el placer del reencuentro, la salud de la memoria y la purificación del cuerpo por el sudor.
Varanasi es India en estado puro. Como los creyentes, yo también necesito encontrar mi Ganges y mi lugar, ése en el que sentir que toda la rueda de la fortuna se para en el punto adecuado y me ofrece el universo. Sidharta se encontró a sí mismo junto a un río. Sea éste real o figurado, yo también me encontraré junto a su orilla. Varanasi me inspira y su caos me ha hecho sonreír. Es un buen comienzo.


4/2/12

India: la vida a la vista-6. Jaipur y Agra.

Sagitario. Jantar Mantar, Jaipur.

Jaipur, la ciudad rosa del Rajastán indio, mantiene huellas cargadas de pasado colonial. La parte antigua está repleta de casas señoriales con adornos en blanco y templetes con celosías en lo alto. Las calles porticadas exhiben una gran cantidad de comercios de todo tipo donde comprar a precios razonables cualquier objeto de uso cotidiano o capricho de disfrute efímero. En algunos rincones, bajo los soportales, escribanos a disposición de los transeúntes se colocan con suficiencia las gafas y se disponen a atender las demandas de cartas, documentos oficiales, lecturas y escrituras, mientras muestran unos gestos de superioridad largamente utilizados.

 Escribano en Jaipur

Pero Jaipur también es un resumen de todo cuanto es la India: una extraña mezcla de mierda y belleza. Los pobres se instalan en los alrededores del palacio y de los monumentos más destacados de la ciudad. Acampan al aire libre o bajo los pórticos, llenando de basuras el entorno histórico y la belleza de los edificios antiguos. Los urinarios públicos, sin agua corriente, impregnan el aire no solo de olores, sino de miasmas pestíferas que parecen contribuir a la enfermedad del país: una desigualdad tan brutal, un desequilibrio patológico, una injusticia terriblemente angustiosa.


Una calle en Jaipur

La belleza aparece incluso contra la propia voluntad de tanta miseria. Frente al Jantar Mantar, un extraordinario observatorio astronómico, se acumulan desechos de todo tipo. Dentro, las impresionantes piezas y la arquitectura de la precisión; a sus puertas, suciedad, desperdicios, la contradicción de la India hecha evidencia.

Coordenadas de los planetas, Jantar Mantar.

Podría parecer, leyendo estas palabras, que mi visión de la India es negativa y que me sobrecoge el acúmulo de inmundicias. O bien, que la cochambre se sobrepone, por su intensidad, a todo lo demás. En realidad, lo que siento por la India está muy lejos del desprecio. Adoro ese país y me emociona caminar por sus calles y entre sus gentes. Por ese mismo afecto, quisiera poder barrer todo cuanto ensucia su esplendor de miles de años ofreciéndose como referente cultural, espiritual y artístico. Sin embargo, no dejo de pensar que tal vez sea la misma contradicción, o como decía antes, esa extraña mezcla de mierda y belleza, la que imprime el carácter propio, la manera exclusiva de ser India como es.
Y la lluvia. Durante días el monzón se adueña del espacio. Brutales golpes de agua de los que hay que refugiarse, so pena de no volver a sentirse cálidamente en paz. Los colores de las casas, ya sean azules, ocres o rojos, se potencian por la lluvia. Es una tregua para los sentidos que se ven agotados por tanto como hay para sentir. Jaipur, como toda India, es esa paradójica amalgama de podredumbre y magnificencia que se queda pegada a un rincón de la conciencia, de donde ya no hay forma de desprenderla.

Palacio de los vientos, Jaipur.

Agra es un puro disparate, un absurdo anclado junto al río Yamuna, una discordancia estética. La ciudad que alberga el monumento más visitado del mundo, el Taj Mahal, es un lugar feo, caótico, decadente y enormemente contaminado. Las basuras se amontonan en cantidades incontables, el tráfico es más denso y loco, si cabe, que en Delhi; la picaresca y la pesadez de los vendedores ambulantes llega a convertirse en tortura.
Pero desde la altura de los imponentes muros del Fuerte Rojo se divisa a una distancia asequible para la impaciencia ese tributo vinculado con dos palabras: lágrimas y amor. El Taj Mahal llama desde lejos, causa desasosiego y justifica un viaje. Antes de amanecer frente a su silueta esbelta y majestuosa, caminaré por los rincones del Itimad-Ud-Daulah, conocido como "baby Taj". Se trata de un mausoleo de menor importancia, pero de gran belleza y por el que se puede deambular sin sentirse avasallado por hordas de visitantes. Por la tarde, el sol cae sobre el río y proyecta una luz intensa sobre el mármol labrado. Los suelos pasan del rojo rodeno al blanco purísimo, interrumpido en ocasiones por retazos incrustados de color de las flores en piedra.

 Mausoleo Itimad-Ud-Daulah, Agra.

La historia es de sobra conocida: el Taj Mahal fue construido por amor a una mujer y de él se han dicho tantas cosas como huellas pueden haber pisado sus piedras. La historia, pues, queda en suspenso hasta nuevo interés. Lo que permanece es el esfuerzo por intentar plasmar en palabras el delirio de belleza en mármol que se levanta ante la vista y parece crecer como si llevara alas. 
Taj Mahal, Agra.

A pesar de las imágenes tantas veces repetidas, fotografías y filmaciones, la experiencia de abrir los ojos al cruzar el umbral encontrarlo de frente no deja a nadie indiferente. Una de las cosas que más llama la atención es la perfección de sus proporciones, el equilibrio maravilloso de las columnas flanqueando el edificio central, coronado por una cúpula. El estilo de construcción es el llamado mongol, con influencias islámica, persa e india. Sin embargo, detallar los pormenores de su construcción, la historia, arquitectura y estructura formal no acallan el hecho de que la piel se electriza y los ojos se empañan al enfrentar su figura, no importa cuantas veces haya ocurrido el encuentro. Ni siquiera la cantidad de visitantes, más o menos educados, es capaz de tapar su eternidad y su sentido.

 Vista del Taj Mahal.

La piedra blanca está decorada con otras piedras muy pequeñas de colores dispuestas en forma de flores. Hay también versículos del Corán grabados y filigranas representando la flor de loto. El entorno es de jardines y agua. En realidad el mausoleo es todo un conjunto en el que se incluyen mezquitas laterales edificadas en piedra roja que contrasta con la blancura del mármol.
El Taj Mahal es un sueño, una quimera y una aspiración. No está hecho sólo de belleza, sino también de ideas, sentimientos y emociones. Se construyó con dolor y por amor. Se visita como una peregrinación. Sobrecoge y alienta. Estimula, excita y apacigua, deslizándose por la memoria de la misma manera que los más dulces recuerdos. Deja también, no obstante, un regusto a añoranza que nos impide olvidar que hemos caminado descalzos bajo su sombra. Palabras impotentes, pobres palabras. No se deja describir con facilidad, hay que arrancarle la belleza como si persiguiéramos el secreto de su eternidad. Permanecerá como una evocación permanente y se trasladará conmigo, allá donde yo vaya, durante el resto de mis días.

Taj Mahal visto desde el Fuerte Rojo, Agra.