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21/10/12

China, el dragón y su magia-1: aproximación.



Acceso a la Ciudad Prohibida desde Tian an Men, Beijing.

Un país que depara sorpresas, un país tan dinámico como contradictorio, que carga con la más numerosa población del planeta, mezcla de vivencias, etnias, monumentos y rincones. China se nos ofrece con la más extraña combinación de tradiciones y modernidad, abierta a los cambios y remisa a las intromisiones.


Dragón en la Ciudad Prohibida.

Preparativos de la ópera de Beijing.

He estado dos veces en China, la primera para recorrer una parte de la antigua Ruta de la Seda; la segunda para introducirme en el sur rural. En ambos casos me ha admirado la inmensa capacidad del pueblo chino para sobreponerse a sus propias circunstancias. Por una parte, un sistema político represor que, al mismo tiempo, exige una adecuación extrema a la modernización económica. Por otra, miles de años de tradiciones, unas hermosas y otras terribles, que no acaban de desaparecer por mucho que las ciudades estén deslizándose rápidamente a la occidentalización sin paliativos.





Niños en Beijing.

A lo largo de los viajes por este inmenso país pude comprobar cómo el gobierno comunista ha permitido la entrada progresiva de los ciudadanos en el capitalismo, en beneficio propio, es de suponer. Aunque parezca una contradicción, nada más lejos de la realidad: el comunismo chino entremezclado con la economía más mercantilista, sin vuelta atrás, pero también sin los derechos que los países occidentales llevan participando desde hace décadas. Así, las condiciones del trabajo son exigentes, las ganancias escasas para duras jornadas laborales, las posibilidades de desarrollo limitadas a unos pocos, pero las ansias de parecerse a los europeos y a los norteamericanos se ha apoderado del pueblo chino con creciente afán.


Centro comercial en Xian.

China cuenta con más de 1300 millones de habitantes en una extensión de casi 10 millones de km2. Conviven en su territorio 56 etnias diferentes, de las cuales el 90% corresponde a miembros de la etnia han y el resto a las 55 llamadas etnias minoritarias, localizadas especialmente en la zona oeste. Aunque la política gubernamental pretende ser equitativa entre todos los grupos culturales, no deja de haber notables diferencias entre ellos. Uno de los motivos es las zonas de asentamiento en las que se ubican algunas de ellas,  terrenos montañosos y escarpados alejados de grandes centros urbanos. Otro, las evidentes formas diferenciales de vida que han provocado en ocasiones sangrientos enfrentamientos entre los hui, musulmanes, y la preponderante han. 





Miembros de la etnia hui en Kashgar.

Otro factor de conflicto étnico procede del grupo de tibetanos. Además del problema derivado de ser una minoría, hay que contar con la cuestión ideológica y política nacida de la invasión del Tíbet por parte del gobierno chino. En Xiahé, localidad de la provincia de Gansu, se encuentra uno de los mayores enclaves tibetanos de China y el segundo mayor templo budista después del Potala en Lhasa: el monasterio de Labrang. Shangri-La, antes conocida como Zhongdian y situada en la provincia de Yunan, es otro importante enclave con mayoría tibetana.


Molinos de oración, pueblo de Xiahé


Estupa sagrada.

Monjes en el patio del monasterio de Labrang.
Una calle en Shangri-La.

Mujeres tibetanas.

A pesar de las dificultades que entraña gestionar un país de cifras tan abrumadoras, da la impresión de que China está en camino de convertirse en el punto de referencia económico del mundo. A modo de chiste suele decirse que los chinos son capaces de copiarlo todo, de hacer réplicas de escasa calidad de cualquier producto que se pueda vender. Esto es así, incluso hay grandes centros comerciales especializados en imitación de productos de marcas muy conocidas y apreciadas. Pero además, la nueva China está haciéndose hueco en el panorama mundial con la pretensión de colonizar grandes parcelas de poder mercantil. Cuentan a su favor con una forma de vida acostumbrada al trabajo duro y, en su contra, la represión estatal que se pone en marcha ante cualquier intento de autonomía política.


Puesto de comida, Beijing.

Los chinos como pueblo son esquivos y poco acogedores. Están acostumbrados a marcar distancias, no manifiestan sentimientos en público y suelen estar más pendientes de sus asuntos que de las relaciones sociales. Aun así no hay percepción de hostilidad al viajar por el país, aunque sí se aprecia una notable falta de calidez en los contactos con la gente. No se tocan para saludarse y no se les ocurriría jamás besarse ante nadie. Son ceremoniosos y, en ocasiones, pueden parecer incluso hostiles. Se dice de ellos que no aprecian a los extranjeros y que pueden, incluso, pecar de xenófobos. Yo no he sentido tales impresiones. Por el contrario, en China me sentía cómoda, especialmente en los pueblos; no obstante, debo admitir que las ciudades, cuyo crecimiento se ha desmesurado en los últimos años, no invitan precisamente al acercamiento. A ello hay que añadir que la población china no domina idiomas occidentales que les permitan relacionarse con los visitantes. El turismo chino es básicamente autóctono, en muchos lugares ni siquiera el personal de los hoteles, por no hablar de taxistas o vendedores, no hablan otro idioma que el propio. Es fácil deducir, pues, que la comunicación está vedada más allá de los gestos y las sonrisas.
Entre los elementos más conocidos de la cultura china y que más se han extendido por el mundo encontramos la caligrafía, la comida y el té. Para nosotros, los trazos del pincel sobre papel o seda que dejan los calígrafos son deliciosas y delicadas obras que pueden emplearse como objetos de decoración. Para los chinos, el dominio de la caligrafía requiere tiempo y esmero, es todo un arte y le dedican la atención y el respeto que sus 6.000 años de historia se merecen. En Xian, por citar sólo un lugar, hay numerosas tiendas en una calle cercana a la muralla, donde se exhiben todos los elementos necesarios para plasmar los ideogramas: diversas variedades de papel y seda; infinidad de pinceles de tamaños sorprendentes, desde el más fino hasta enormes brochas. A ciertas horas del día los calígrafos instalan pequeños puestos de venta y, mientras esperan potenciales compradores, se dedican a escribir citas y expresiones mostrando sus habilidades a los viandantes.


Puesto de caligrafía, Xian.

Variedad de pinceles para la escritura.

El arte de escribir.

La comida china se ha popularizado en occidente desde hace muchos años. Los inmigrantes han introducido en Europa y Estados Unidos las infinitas variedades de cocinar y presentar sus platos tradicionales. Aunque la mayoría de los restaurantes chinos asentados en países occidentales han adaptado la cocina china al gusto nuestro, el placer de degustar tales especialidades es cada vez mayor. En China la gastronomía exige todo un culto y se muestra casi como un ritual. Dada la gran extensión y variedad cultural del país, no es de extrañar la consiguiente variedad gastronómica que podemos encontrar. Generalmente se ofrecen al centro de la mesa varios platos, con verduras, pescado, carne, algas que los comensales comparten. Cada uno coge porciones de las fuentes comunes y lo deja en su bol desde el que come, sorbiendo ruidosamente si hay caldo o sopa y acercando la cara al recipiente para empujar el contenido con los palillos. Hay que contar, además, que los chinos comen todo lo que se cría en la tierra y cualquier tipo de animal, lo cual, a ojos occidentales, a veces resulta chocante, por no decir desagradable. Sin ánimo de mostrarme etnocentrista, debo reconocer que los tabúes culturales, entre ellos el de la comida, viajan con nosotros junto con las maletas y la cámara fotográfica.


Comiendo en la calle.

Presentación de platos.

El té es la bebida china por excelencia. No sólo se utiliza para invitar en las casas y comercios, sino que está omnipresente en las habitaciones de hoteles, en los vagones de tren y en cualesquiera puntos de reunión para servirse libremente. Los chinos acompañan su comida con té y se pueden encontrar tantas variedades como gustos o preferencias de ingestión. El té se cultiva en grandes extensiones, los arbustos se disponen en terrazas inclinadas y en la época de recolección el paisaje se puebla de belleza: el contraste entre los colores de la planta y las figuras de las mujeres que cogen las hojas con delicada precisión. La ceremonia del té, especialmente en China y Japón, es un ritual antiquísimo que los expertos desempeñan con rigor y seriedad.


Variedades de té.

Campo de té.

Es difícil abarcar China en unas líneas, ni en miles de páginas podría recoger todo cuanto ese país ha sido y puede llegar a ser. Intentaré, no obstante, ofrecer mi visión a partir de las vivencias que tuve en los dos viajes.